Aveces el tiempo, como el viento, sopla y sopla. Y, en lugar de borrar rastros del pasado, acaba esparciendo el humo de los rescoldos de cualquier incendio. Así es como sobreviven las versiones no oficiales. Con el runrún de las historias que viene y van y que acaban por remendar la Historia con mayúsculas. En una tierra lejana, el Gobierno se llevaba a los niños más blancos de los aborígenes. Los arrancaba de sus casas para cortarles sus raíces e integrarlos en el mundo de los descendientes de los colonizadores. Una receta implacable contra el mestizaje. O blanco o negro. No era el salvaje Oeste. Sucedió hasta el inicio de los años setenta en Australia. Tan lejos geográficamente, tan cerca como país occidental. Aquello no cayó en el olvido. Pasó el tiempo. En el 2000, miles de australianos se concentraron en Sídney por la reconciliación. Su único lema era la palabra «perdón». El director Phillip Noyce filmó en el 2003 la película Generación robada para ilustrar ese oscuro capítulo de su patria. Ayer, Paul Lennon, el gobernador de Tasmania, aprobó una partida de unos tres millones de euros destinada a las familias que sufrieron aquellos secuestros de Estado. Lennon reconoció que esa indemnización nunca podrá compensar a las víctimas. Australia se avergüenza de aquel episodio. Como se avergonzó Alemania después del Holocausto. Como quizás Israel se avergüence algún día de que Ehud Olmert, su primer ministro, dijera que no iba a permitir que «en Gaza lleven una vida completamente normal» para justificar las tinieblas. Quizás en un futuro nada cercano en Oriente Medio se intenten disimular las cicatrices con un vendaje de papel moneda. Pero, como apuntó Lennon, una vez más no habrá dinero que empuje a olvidar tanta infamia. Tenía razón el sabio que decía que la Historia es un incesante volver a empezar. Al menos, vendrán después las historias a enmendarla. Con el tiempo.