Medio centenar de jóvenes participan este fin de semana en Monterrei en un juego de rol sobre A revolta Irmandiña
07 oct 2007 . Actualizado a las 02:00 h.Alrededor del mediodía de hoy se librará, en las proximidades de la fortaleza de Monterrei, la definitiva batalla entre los bandos de la Santa Irmandade Real y las huestes del arzobispo Fonseca, quien acompañado por Juan Pimentel, hermano del Conde de Benavente, pretende retornar a Santiago de Compostela y hacerse con el control perdido tras la segunda revolta irmandiña . El combate se extiende desde ayer en las inmediaciones de la fortaleza propiedad del Vizconde de Monterrei, asediada por los irmandiños acampados en la vecina localidad de Mixós. Y, a diferencia de lo imaginable, puede que la historia no se repita.
Porque seguramente las tropas de los Malfeitores o señores feudales no llegaron entonces hasta el valle del Támega en vehículos motorizados; ni tampoco portaban elementos portátiles con la capacidad de comunicarse en tiempo real (circunstancia que 500 años atrás les hubiese venido de perlas para el avance de los ejércitos), o, como ocurrió en el mediodía de ayer, no debieron suspender parte de su avanzadilla por los retratos de unos recién casados que, asombrados por el medio millar de hambrientos figurantes, comprobaron como hay otras formas de pasar un auténtico, irrepetible e histórico fin de semana. La asistencia del destacamento de la Cruz Roja de Verín, también ataviada para la ocasión, pese al numeroso recuento de bajas en ambos bandos, solo debió atender a un par de pequeñas contusiones y alguna que otra colección de ampollas por mor de unas incómodas botas.
Curiosamente, Verín y su comarca cuentan con una escasa representación, que sí ha llegado en abundancia de la capital madrileña, Asturias o, incluso, Barcelona. Los hay profesionales del juego que despotrican abiertamente de aquellos «incapaces de empuñar con gallardía un escudo», y los no tanto, que llegan para participar de «una nueva experiencia y pasar un fin de semana distinto». Precisamente los segundos se sorprenden de la profesionalidad de algunos en este tipo de convocatorias («seguramente no se pierden ninguno de los que se convocan es España», apunta un participante) pero todos, en número cercano al medio millar, agradecen la experiencia de dormir a la intemperie (los irmandiños ) o en las frías estancias del castillo de Monterrei durante dos días y disfrutar de un entorno privilegiado.
Sólo los señores feudales, y los mercenarios de éstos, han recibido vestimenta apropiada. Los bandos populares aparecen ataviados con indumentaria no tan seleccionada aunque, según las reglas, acorde con la época. Tres pequeños cartoncillos colgados de su muñeca alimentan su existencia, vida que irán perdiendo en la cruenta batalla. Tras dos sustituciones más de las tres cartulinas, el jugador deberá abandonar la lucha. Todos, salvo los actores, son los verdaderos protagonistas de la historia, y de su empeño, valor y tesón dependerá el resultado de esta segunda edición de la lucha irmandiña en las inmediaciones de la fortaleza de Monterrei, que nada tendrá que ver con lo que a todos nos han contado, o sí.