CANTONES | O |
11 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.AYER sucedió algo que suele ocurrir con frecuencia, por lo menos en las inauguraciones de exposiciones de arte. No importa de quién se trate. No importa en dónde sea. Importa, en definitiva, poca cosa. El día clave, el de apertura, las salas ourensanas suelen acoger a un número mayor de personas que en otros días. La presencia del artista es, sin lugar a dudas, un gran reclamo. Pero sucede algo que escapa al entendimiento. Los visitadores de inauguraciones no se fijan en las obras. En ocasiones ni siquiera las miran de reojo y muchas veces -pondría la mano en el fuego- no saben ni qué es lo que van a ver. Se colocan totalmente de espaldas a la exposición pero de cara a la galería. Observan concienzudamente quién está y quién no está y se colocan formando piezas de Tetris hasta que consiguen colocarse debidamente, en el lugar exacto, hasta donde llegan los flashes. Verdaderos artistas del Tetris. Y lo peor de todo no es eso. Lo peor es que se trata en más de una ocasión de personas que por sus cargos deberían estar más interesados en ver que en que les vieran. En saber, en conocer, en interesarse que en otra cosa. Presidiendo un sala de exposiciones de la ciudad se encontraba ayer una gran obra. La merecedora nada más y nada menos que el primer premio de un certamen internacional de prestigio. Su autor merodea por la sala, seguramente sorprendido, más que por el acto, por la soledad de la obra. No ocurre lo mismo con las personas. Algunas, en concreto, hasta tienen que abrirse paso ante la cantidad de manos abiertas que se suceden en su caminar. En su periplo de camino a la gran obra de arte. Y es entonces, cuando la persona antecede a la obra, cuando el resto del personal la percibe detrás de él. Y entonces la miran. Se acercan, se alejan y leen el cartelito. Después la abandonan y siguen el paso de las personas abandonando el arte.