DE REOJO | O |
24 oct 2006 . Actualizado a las 07:00 h.ME CUENTA un corresponsal particular-una de esas personas a las que les gustan las historias y que tienen una fina capacidad de observación- cómo una ourensana de bien (por decir algo) increpaba hace unos días a la cajera de un supermercado por atender antes que a ella a un joven negro. No, no se vayan a creer que el chico se había colado y que la trabajadora no lo reprendió para evitar ser políticamente incorrecta. Lo que le molestó a la protagonista de la historia fue que, después de que el chico de color respetase escrupulosamente la fila, la empleada del súper no tuviera a bien mandarlo al final de la cola cuando, por fin, le llegó el turno de pagar la compra. Así somos. Y lo más gracioso es que la señora -estoy casi segura- se fue su casa toda chea de razón y sin explicarse el motivo del desaire de la cajera y de la jeta del negro. En las aulas ourensanas estudian un millar de niños que ejercen, en el siglo XXI, lo que muchos gallegos en el siglo pasado: la emigración. Para evitar escenas como la del súper -sin consecuencias más graves que el desprecio, si se puede decir que el desprecio no es grave- esos pequeños de otros países nos van a venir muy bien a los que calzamos boina y no sabemos mirar más allá de lo que nos ponen delante. Creo, y quiero creer, que compartir pupitre con niños de otro color, de otra lengua, tiene que ser necesariamente bueno para los adultos del futuro, para los que ya son hoy ciudadanos, aunque sean pequeñitos. Creo, y quiero creer, que compartir recreo con niños de otro color, de otra lengua, tiene que ser un máster en tolerancia para unos niños que, dentro de algunos años, sólo protestarán en la fila de la caja del supermercado cuando la típica señora supermaleducada y superocupada, armada con un manojo de puerros, intente colarse. ¿Adivinan a quién me refiero?