DIAGONAL | O |

20 sep 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

RECUERDO, no voy a decir que como si fuese ayer, porque hace ya unos cuantos años de aquel episodio, el día en que un grupo de empresarios de la ciudad se presentaron en el Paseo armados con picos y saquetes de sal, azúcar, o no sé qué era lo que llevaban, para picar o para tirar, según correspondiera. Pretendían mostrar su rechazo a las primeras obras de peatonalización de la principal calle comercial de la ciudad: vaya chiste, por cierto, visto con distancia, cuando la tendencia universal a penalizar la circulación de vehículos en cascos históricos y áreas comerciales está fuera de toda duda. Dicho sea de paso, la movilización contó entre sus actores principales con quienes entonces eran conocidos dirigentes o militantes del Partido Popular, incluido más de un concejal de la formación conservadora, que intentaban, claro, mantener los automóviles y sus ruidos en la zona, frente a la iniciativa de aquellos extremistas peatonalizadores del PSOE liderados a la sazón por Manuel Veiga Pombo. Vaya, hombre, vaya. Ocurre que entonces era la sal el arma arrojadiza. Y, si no me falla la memoria, un técnico que entonces mandaba mucho en el pepé , había rechazado la mala fe de los entonces inusuales manifestantes, matizando que, puestos a hacer daño, podían haber arrojado kilos y más kilos de azúcar. No para disparar los índices de glucemia del hormigón, sino por su presunto efecto dañino. O algo así, que los detalles son irrelevantes. Ahora que el PP, lo que son las cosas, ensancha aceras, recorta plazas de aparcamiento en la calles, apuesta por peatonalizaciones y convoca manifestaciones, al tiempo que se disparan las alarmas por los efectos perniciosos de la orina en las piedras de los monumentos, expuestos al apretón descontrolado, queda por ver si alguien es capaz de canalizar esas sales perdidas y sentar las bases teóricas para una forma de protesta. Otra.