Crónica de Ourense

ANTONIO GONZÁLEZ

OURENSE

NOSOTROS | O |

18 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

CUANDO dejábamos atrás Ourense, después de un mes de vivir la aventura de presentar la exposición Crónica de Ourense , en el espléndido escenario de Caixanova, sentíamos la sensación del vacío del emigrante cuando se despide de su casa familiar con la nostalgia a cuestas y la esperanza de volver para recuperar el pulso de vivir. Porque en Ourense se vive en el más amplio sentido de la expresión, como he comprobado en los años en que trabajé en sus calles, intentando descubrir algo de la belleza plástica que atesora esta ciudad en su desgastada y noble arquitectura urbana. La exposición no necesitaba de mi presencia, pues la pintura, cuando es sincera - es la única calificación que me permito adjudicar en propiedad - es, en sí misma, protagonista y el público valora lo que ve en los cuadros y lo de menos es la cara del autor, salvo en los casos de endiosamiento que tanto abundan en ese mundo ficticio de la pseudopintura, en el que el negocio está precisamente en la cara (léase osadía) y no en la obra que, dejando a un lado el papanatismo del falso vanguardismo, es lo que cuenta. Mi único compromiso con Ourense ha sido intentar interpretar lo que para un extraño ofrece la vieja Auria con el propósito de intentar descubrirles recuadros de su ciudad, aceptando en vivo y en directo sus críticas y agradeciendo sus elogios. Crónica de Ourense ha sido una exposición en la que ha funcionado el boca a boca favorecido por el estratégico lugar de la exposición y la suerte de tener como vecino una importante colección de pintura flamenca, cuyo poderoso reclamo era para mi modesta oferta muy beneficioso, aunque también habría que hablar de viceversa. A los ilustres holandeses el público los admiraba por la belleza de su pintura. Un piso más abajo, ese público entendía lo que estaba viendo como algo próximo que le informaba de la parte más noble de su ciudad. Creo que el resultado ha sido un honroso empate, según el veredicto de las más de seis mil personas que pasaron por la sala. Éxito que, en gran medida, le corresponde a Caixanova y a su apuesta por la cultura, dotando a Ourense de un admirable espacio para el Arte. Ahora queda el buen recuerdo de ese mes en el que nos sentimos, - en plural, porque mi mujer es parte sustancial de esta aventura- como unos hijos más de una ciudad a la que, para ser perfecta, sólo le faltan dos cosas: que se asome con más categoría urbanística al padre Miño y que el tren que viene de Madrid no llegue a las cinco de la madrugada, como si Ourense fuese un apeadero.