DE REOJO | O |

05 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

ALGO NO marcha bien si necesitamos unas jornadas para saber cómo tratar a nuestros mayores, a nuestros abuelos. Las va a organizar la UNED, pendiente de lo que se cuece en la sociedad, de lo que nos pasa, de lo que viene. Pero da miedo pensar que los ancianos, nuestros viejitos, se hayan convertido en un reto, en una obligación, en unos deberes. El respeto y la educación no se consiguen con un crédito de libre configuración como el que se le concederá a los asistentes a las charlas de estas jornadas, que se celebrarán tras la Semana Santa en Ourense. Al margen del indudable interés que tendrán todas las ponencias me temo que las conferencias entre especialistas no van a solucionar lo que empieza a convertirse en un problema: la sociedad es joven y no tiene arrugas, la sociedad no quiere problemas, a la sociedad no le interesan los bebés de ochenta años. Lo que ahora es un problema incipiente corre el riesgo de transformarse en una epidemia. Cuando los niños de ahora sean adultos, cuando los padres de ahora sean abuelos... ¿qué va a ocurrir en casa? El fin de semana pasado una madre paseaba por la calle con sus hijos y uno, de cuatro o cinco años, le preguntó que a dónde iban. Ella, vestida de domingo, le contestó: «¿Pero tú eres imbécil?». Me pregunto si este pequeño conseguirá aprender la lección del respeto, que no la del miedo. Me pregunto si este pequeño tendrá capacidad de querer suficiente para, cuando deje de serlo, sacar a pasear a su madre (y sus olvidos, sus achaques, sus rarezas, sus arrugas, sus manías...) sin pensar que es imbécil. Me pregunto si este pequeño tendrá la paciencia que muchas veces agotan los mayores, la que su madre no tenía cuando él no llegaba al medio metro. Las auténticas charlas son las que los niños reciben cuando son niños. Recibida esa lección, de poco valen las conferencias, para bien o para mal.