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04 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.EL ESTADO, disfrazado de inocente Tabacalera y utilizando el monopolio para el expolio, recaudó sin escrúpulo dinero y más dinero a cuenta de los entusiastas fumadores. Hace ya muchos años intuíamos que el placer de fumar no era saludable, pero, vacías las arcas de la Hacienda, asumimos, por puro patriotismo, el hábito de respirar quemando aquellos Celtas o Ideales que a veces se resistían con inesperadas explosiones. Recuerdo como el humo se fundía con las densas nieblas de los inviernos orensanos y como la bandera española lucía como fondo del letrero que a cada estanco llamaba expendeduría. Estaba claro que la patria nos pedía fumar sin tregua. Me encanta que mis hijos no fumen, acepto las advertencias que lucen las cajetillas y no discuto la Ley Antitabaco. Pero a los fumadores de antes y a los de ahora hay que reconocerles sus méritos y no tratarlos de apestados. Y, por favor, a los caídos en la batalla y a los retirados o reservistas no nos olvidemos de agradecerles los servicios prestados.