TIRALÍNEAS | O |
10 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.NAVIDAD es, para muchos, entre los que personalmente me incluyo, mucho más que una fecha en el calendario. El 25 de diciembre afloran tantos y tantos sentimientos que todo se me vuelve morriña y nostalgia. Ese día todos volvemos a casa, a los orígenes, y los que quedamos recordamos «cos ollos cheos de bágoas aos seres que se foron para sempre». Es el día más triste del año pero también el más hermoso; los humanos olvidamos por unas horas nuestras envidias para desearnos paz y felicidad. Como un regalo más de Navidad, esta del 2005 nos devuelve a la numerosa familia ourensana del PP a nuestro hijo pródigo. Alberto Núñez Feijoo también regresa a Ourense por Navidad, con su maleta llena de buenas intenciones y mejores proyectos. Vuelve, después de su paso triunfal por Pontevedra, avalado ahora incondicionalmente por quien antes lo obligó a su destierro. De pronto recuerdo aquella sentencia que de pequeño y en mi añorado colegio Salesiano escuché tantas y tantas veces: «Los caminos del Señor son inescrutables». ¿Y por qué -me pregunto yo-, si realmente los caminos del Señor son inescrutables, no entendemos, y hasta criticamos, que las reacciones de José Luis Baltar lo puedan ser también? Pues seguramente porque el que más o el que menos confía en Dios y muchos, o casi todos, tenemos dudas -más que razonables, que diría un jurista-, de las buenas intenciones de José Luis Baltar cuando promete apoyo y lealtad a Alberto Núñez Feijoo.