DE REOJO | O |
30 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.LOS niños empiezan a preparar las mochilas, resignados a cambiar la arena por el pupitre. Tocan, con miedo, libros que huelen a nuevo y entre cuyas páginas se esconde un curso entero: lecciones, recreos, exámenes, la vida. Y tienen la mariposa de la curiosidad en el estómago. Los mayores vuelven a llenar las oficinas, aunque no se resignan a desterrar el verano, a cambiar la mesa de la terraza por la del trabajo. El buzón del correo electrónico les recuerda que tienen cien mensajes sin leer. Y la pereza enganchada en el ánimo. La mariposa de la inquietud también está en el estómago. Los universitarios se pegan a los apuntes, en un ataque bulímico de conocimientos. Para unos se acaba el verano, para otros el mundo. Para algunos empieza la vida más allá de las asignaturas. Y la mariposa es la de la montaña rusa, la del vértigo. Pero sigue haciendo calor, aunque sea dos horas menos al día. Seguimos siendo los mismos, aunque muchos hayan cambiado de lugar. Seguimos teniendo los mismos problemas aunque ahora no podamos echarle la culpa a nadie. Seguimos vivos a pesar de que agosto se empeña en dejarnos tirados, en arrancarnos de la playa y en robarnos el sol.