Matarratas

OURENSE

DE REOJO | O |

01 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

SI LAS ratas se nos cuelan en los parques infantiles, si se esconden en la arena de los primeros juegos, las primeras risas, las primeras caídas, las primeras peleas, los primeros amigos... Si las ratas se suben a los columpios (adelante y atrás, adelante y atrás) y a los balancines (arriba y abajo, arriba y abajo); si se deslizan por los toboganes (fiuuuu...) y escalan castillos de cuerda (ufff) destinados a príncipes y princesas de medio metro... Si las ratas condenan a los niños a rascarse las rodillas en la acera, a condenarse a la mercromina; o a merender mirando la tele, aprendiendo a ser marujos; o a no ver a la novia del verano... Si las ratas impiden que los pequeños se manchen la ropa en el parque, se rompan unos pantalones deseosos de rodilleras... Si las ratas dejan de ser presumidas, si no abandonan el barco... Entonces podemos empezar a preocuparnos. Tenemos un problema. Gordo. Como una rata. Lo bueno es que lo del parque, por muy escondidos que estén los bichos, ansiosos por columpiarse, tiene solución. Lo malo es cuando las ratas suben por la conciencia, se cuelan en el ánimo, se instalan en la cabeza. Cuando no tienen dientes prominentes y pequeñas orejas pero sí rabo. Entonces, matarratas, por favor.