DE REOJO | O |
20 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.SERÁ cuestión de color. Pero los billetes de dos mil pelas (rojos, si es que no se acuerda) llenaban mucho más la cartera que los de veinte euros de ahora (los azulitos que vuelan). Por eso uno, hace unos años, salía con el billete colorao a comerse el mundo. Y todas las tapas que le pusieran por delante. Pero ahora, con el papelillo celeste andas por la calle, por los vinos en mi caso, como apocado. Desde que resulta que un euros son cien pesetas yo ando de lo más achuchada. Mis amigas creen que estoy a dieta, cuando salimos por ahí y sólo me pido un agua. Bueno, eso las veces que consigo saltarme la tortilla, los calamares y demás familia. Yo, solidaria, soy un rato largo. Y entiendo que los pequeños comerciantes, los pequeños empresarios, estén fritos a impuestos. Entiendo que les sale por un ojo contratar a alguien más para no tardar media hora en poner un vino. Pero, oigan, que a mi estos precios de terraza madrileña me van fatal. Que al final voy a tener que hacerle caso a mi madre. Y si quiero tortilla, me la hago yo. O me presento en su casa llorándole un poco y suplicándole una ración. Por caridad.