CON LA VENIA | O |
03 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.CONTRARIAMENTE a lo que el ciudadano piensa, la delincuencia que llena los grandes titulares, de Gescartera a ETA, no es la que abarrota los estantes de la administración judicial más próximas. Ésta se nutre de jóvenes, y menos jóvenes, que por diferentes circunstancias se han precipitado al negro mundo del delito. Robos de coches y en supermercados, o agresiones sin sentido, son cometidos dia a dia por noveles descerebrados, que repetidamente y de forma fugaz visitan los juzgados y engrandecen su currículo vital con aventuras que podrán contar a sus colegas y amigotes, a la espera del mazazo de la Justicia (o justicia), que no recibirán con todas sus consecuencias hasta transcurridos varios años, cuando ya son auténticos doctores y magistrados de la mala vida o cuando ya han vuelto -parafraseando a Fray Luis de León- a la recta senda de la que nunca debieron salir. Es en este segundo caso cuando la justicia penal se convierte en un instrumento lacerante, inservible para el fin último a que está destinado (la reinserción social), deviniendo en in-justicia y venganza pura y dura. Un caso como éste sirve para comprender que no vale lo que hoy tenemos, y por ello, se impone una reforma que haga más humana y más justa la Justicia. ¿No es anacrónico que aún siga existiendo en pleno Siglo XXI una instrumento como el «indulto», un derecho de gracia que el poder ejecutivo, el Gobierno, graciosamente concede a quien tenga por bien, sin más límite y cortapisa que su conciencia y/o estado de ánimo? ¿No sería más correcto dejar en manos de las entidades y personas competentes más cercanas el poder decidir una aplicación excepcional del citado derecho de gracia? ¿Qué pueden saber en Moncloa de la historia de un chaval de Ourense como éste? Para no preguntarnos, con todos los respetos, qué saben de Ourense. Nada.