La pasada semana se entregaban en el centro de menores Monteledo los diplomas de un curso de alfarería. El acto sirvió para dar a conocer su otra cara. -Este tipo de centros están, muchas veces, rodeados de mitos. Supongo que no lo ve así. -Es un centro de régimen cerrado. La franja de edades: de 14 a 22 años, siempre y cuando cometan el delito antes de los 18. Efectivamente, hay mitos. Que esto es como una cárcel, que hay más vigilantes que educadores... Pero en ningún caso es así. Se hace un trabajo educativo desde que el niño se levanta hasta que se levanta. Trabajamos en lo cognitivo, en lo conductual y en lo afectivo-relacional, a través de la convivencia diaria y de actividades formativas, deportivas o lúdicas. Aquí todo es normal. Ellos van al comedor y comen con cubiertos de acero inoxidable, como en cualquier casa. Si un niño le falta al respeto a alguien, se le corrige, como en cualquier casa. Y si hace algo, bien se le refuerza -¿El fin? -Dotar al chaval de suficientes herramientas para que pueda salir a la calle y mantener una conducta y una vida normalizadas. Nuestro objetivo es darle las oportunidades que no tenía o que perdió. -¿Con qué medios humanos cuentan? -Hay 21 educadores, en turnos, coordinadores, personal de dirección, psicóloga, trabajadora social... Nos dejamos la piel por esta gente. Lo afectivo es la base del proyecto. Si llegas al niño afectivamente el resto es más sencillo. A los chavales hay que tocarlos, darles un abrazo y un beso. -¿Qué importancia tienen cursos reglados como el de ceramista que se impartió en el centro? -A través del profesor, a uno de los chavales le hicieron una oferta de trabajo. Y eso es espectacular, lo más grande. Que el niño entre el centro, se forme y le digan: «Es que eres buenísimo, a trabajar». Estamos pendientes de los trámites legales ya que tendrían que cambiarlo a un semiabierto.