El «caballo» cabalga de nuevo en Covadonga

La Voz

OURENSE

PILI PROL

Una joven apareció muerta ayer en su domicilio Todos coinciden en que era guapa. Nadie acierta a recordar su nombre, bastaba con su procedencia. «La suiza», era su carta de presentación. Covadonga, su lugar de adopción.«El caballo» se la llevó en su propia cama. Y pocos son los que la echarán en falta.

05 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Nueve de la mañana. Una ambulancia se adentra en el barrio de Covadonga. Nadie le da la mayor importancia. Una hora más tarde, aparece la policía. Parece que la cosa no es leve: una mujer joven aparece muerta en su propia cama. En el barrio no se produce demasiado revuelo. Calma matutina de jueves. Los vecinos se preocupan más por acudir a sus lugares de trabajo que por saber qué ha sucedido realmente. Los murmullos apuntan a lo de casi siempre: la heroína y sus fatales sobredosis. Un grupo de personas se amontonan en el portal de la fallecida y comentan lo guapa que era, a pesar de que últimamente su salud se estaba viendo resentida de forma considerable. La mañana sigue su curso y el cadáver ya ha sido trasladado para conocer la causa del óbito. J. P.B, «La suiza» ya se ha ido para siempre y pocos son los que la echarán en falta. Quizás sea su compañero, ése que la descubrió inerte en el lecho común, el que note su ausencia. Algunos vecinos y curiosos discrepan: «Está tan enganchado que no se entera de nada». Pensándolo bien, posiblemente sea lo mejor. Ignorar una pérdida es el mejor método para evitar el dolor. Luce el sol en Covadonga durante todo el mediodía. Preciosas vistas de la ciudad desde el barrio. Ambiente de tertulia y de partida de sobremesa en un bar cercano al domicilio de la fallecida. Gritos, cartas, café y discusiones mezcladas con el humo del tabaco. Nadie habla de lo sucedido en la mañana. Es más, muchos todavía no se habían enterado. A la mayoría les da igual, total, «sólo es una más, le tocó a ella como le pudo tocar a otra persona», comentaba un vecino sentado en la barra del bar. Habla de la joven con un cierto toque de nostalgia, y jamás había cruzado palabra con ella. «Toda su vida la hacía de puertas para adentro. Sólo la veíamos pasar». Pero el barrio es pequeño y todo se sabe. Treinta y dos años, consumidora habitual de drogas, sin empleo conocido y con salud débil. La semana pasada había estado ingresada en el hospital. El motivo, una incógnita. ¿Y su familia? En Suiza. Cuenta la leyenda vecinal que la mujer vivía de lo que le ingresaban sus padres. «Al parecer era de muy buena familia», comentan los vecinos con aplomo. Aterrizó en Ourense, según la policía, hace unos diez años. Ellos sí que la conocían más que sus vecinos. Éstos, sin embargo, no saben precisar con exactitud su llegada a Covadonga. Sí recuerdan, en cambio, su funesta evolución. «Las malas compañías, ya sabes», comenta el vecino mientras apura su café y ojea el periódico del día. La timba de cartas continúa en el bar. En el exterior, la terraza sirve de improvisado solarium. Una vecina menos a la que echar en falta. Y era guapa.