A media mañana las reservas de euros que los comerciantes habían traído a la feria para dar el cambio, estaban prácticamente agotadas y comenzó a circular la vieja peseta. Como un ave Fénix. «Decidí venir para gastar las últimas pesetas que me quedaban, pero no ha sido posible». Lucía enseña con gesto de frustración la cartera abarrotada con pesetas. Y es que, según los comerciantes, muchos pensaron lo mismo. También fueron multitud los niños y jóvenes que querían estrenar los primeros euro, recién saliditos del sobre entregado por el padrino o el abuelo, y reclamaban a los tenederos la vuelta de la chuchería en la nueva moneda. «Los niños se ponen muy pesados y sólo quieren euros, a los mayores no les importa tanto», explica Agustín parapetado tras su tenderete. Consecuentemente, en el círculo cerrado del mercado, las pesetas tardaron poco en regresar a los bolsillos del público. Los agentes de la policía local, encargados del cobro de tasas, se encontraron por primera vez con el problema de manejar simultáneamente las dos monedas. Menos mal que, prevenidos ellos, iban perfectamente «armados» con euroconversor y dos monederos distintos.