Los vecinos de Roblido recuperan la normalidad tras el incendio que arrasó una manzana de casas y pajares El 10 de diciembre se quedará clavado en su memoria durante mucho tiempo. El fuego amenazó la vida de varios ancianos de Roblido. Un pequeño pueblo, un mirador del fértil valle de Valdeorras. La tensión vivida por todos los vecinos se reflejaba ayer en el rostro de quienes contaban un amanecer dantesco, donde el rojo de las llamas y el crepitar de la madera acapararon el protagonismo. Los afectados llorarán cuando regresen a contemplar las ruinas de sus casas, construidas con el esfuerzo de años en la emigración.
11 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.a voz de Joaquina se quebraba ayer en la plaza Galicia. Sus manos gesticulaban al cielo pidiendo «un piquiño da Lotería» para ayudar a las familias que este lunes se quedaban con lo puesto. «En camisón tivo que baixar unha veciña», recordaba David. Fue el encargado de despertar al último matrimonio. Apenas unos minutos después su casa, junto a otras dos viviendas y dos pajares, quedaban calcinados. Los sueños y desventuras de muchos años quedaban convertidos en pavesas. Joaquina y David recuerdan que sus convecinos tuvieron que luchar mucho para arreglar sus casas. Unos acudieron a Francia en busca de empleo para mantener a la familia. Otros, a Bilbao. La tragedia se cebó además con personas mayores. Todos superan los setenta años. Los nervios y llantos se sucedieron durante la mañana del lunes. Ninguno pudo salvar ni siquiera algo de ropa o el dinero. La luz se fue y los intentos de algunos vecinos por sacar algo de las casas en llamas quedaron coartados. El temor a que explotasen las cocinas les echó para atrás. Carola Nogueira, Ángel Campos, Armando Fernández y Piedad Mondelo. Nombres anónimos que se convirtieron en protagonistas de esta triste historia. Ayer estaban distribuidos en casas de sus hijos o familiares en A Rúa y Petín. Tuvieron que pasar un nuevo trago, acudiendo a contar lo sucedido en el cuartel de la Guardia Civil. Revivir unos hechos que no olvidarán con facilidad. Alguno perdía todo lo que habían atesorado durante años de duro trabajo. En Roblido no se hablaba de otra cosa. Un pequeño núcleo a casi setecientos metros de altitud, escondido entre bosques. Dieciocho casas abiertas, «toda xente maior», que reviven los fines de semana. Pero algunos pasarán una triste Navidad.