A comienzos de los años noventa, en el primero de muchos viajes a Sao Paulo, tropecé con un lema de campaña electoral que me sentó como una bofetada por detrás. En un recuerdo, probablemente falso, se me aparece una valla de propaganda que promocionaba a un candidato a gobernador con el rótulo «Rouba mas faz», es decir, roba pero hace cosas. Era lo que decían los partidarios de Paulo Maluf, aunque él lo atribuía a la maledicencia de los que, en realidad, «no saben hacer». Parece que la fórmula se había acuñado casi cincuenta años antes en torno a la figura de otro gobernador, Ademar de Barros. En un reflejo quizá supremacista, pensé que nunca se admitiría algo así en España.
Han pasado más de treinta años y sigue pareciéndome imposible su uso literal aquí, pero la mentalidad que lo sustenta ya ha calado en una sociedad harta de escándalos y aquejada de lo que llaman fatiga cívica. Quizá no hemos normalizado todavía el latrocinio, pero nos cuesta reconocerlo en los nuestros. La ecuación «roba y hace daño al país, pero al menos no gobiernan los otros» ha ido afianzándose en mentes de todo tipo, incluso en algunas, no muchas, aparentemente preclaras.
Escuché que unos empresarios clasificaban los partidos de la siguiente manera, en la que dulcifico algo la brutal literalidad: unos comen y dejan comer; otros disimulan, pero también comen; y otros tienen poco tiempo y lo quieren todo. Así empieza el daño, cuando los principios más sagrados se vuelven negociables. No hace falta una indignación justiciera. Bastaría una intolerancia sana ante quienes nos roban, hagan o no hagan, les hayamos votado o no. Paulo Maluf fue condenado a prisión en el 2017. Embargaron sus bienes.
Tiene 95 años.