El arte de no hacer nada

Luis Ferrer i Balsebre
luis ferrer i balsebre EL TONEL DE DIÓGENES

OPINIÓN

Dos visitantes en el parque natural de las Fragas do Eume, en una foto de archivo.
Dos visitantes en el parque natural de las Fragas do Eume, en una foto de archivo. CARLOS CARBALLEIRA

Parece que nos hemos impuesto la obligación moral de volver del descanso estival más agotados de lo que salimos. Vivimos aquejados de un frenesí neurótico que exige coleccionar paisajes, engullir atardeceres fotografiados desde un catamarán y certificarlo en redes sociales. Es la tiranía del hiperconsumo emocional, una manifestación más de esta posmodernidad maníaca que no tolera el silencio ni la quietud. Hemos olvidado que el verdadero descanso no habita en la acumulación frenética de novedades, sino en la bendita experiencia de no hacer absolutamente nada.

Nos han vendido la idea de que las vacaciones deben ser una acumulación de experiencias extraordinarias. ¿Pero y si el verdadero propósito del estío fuera exactamente el opuesto?

Descansar de verdad no consiste en cambiar una rutina frenética de trabajo por otra igualmente agotadora de ocio impuesto. El descanso auténtico habita en el silencio, en la renuncia voluntaria al estímulo constante y en la valentía de pasmar. El verano debería ser ese paréntesis donde el tiempo pierde su filo, donde las horas transcurren sin la tiranía del reloj y donde se permite, por fin, no buscar nada. Porque es precisamente en ese vacío, en ese no hacer nada, donde la mente recupera su cauce natural.

La vuelta a la rutina no es más que el reencuentro con nuestro propio ritmo, es el marco que sostiene nuestra creatividad y da valor a los momentos de calma.

Regresar al trabajo, a los horarios y a las pequeñas obligaciones no es el final del bienestar, sino la oportunidad de aplicar la lección aprendida bajo el sol: la belleza de lo simple, la importancia de caminar sin prisa y la certeza de que, en esa quietud, a menudo se encuentra todo lo que estábamos buscando.

El arte de no hacer nada exige resignación al aburrimiento fecundo: quedarse mirando la sombra de un castaño, releer un libro olvidado o perder el tiempo sin culpa.

Resulta ilustrativo observar cómo esta neurosis alcanza su cima en la alta política. Mientras al ciudadano de a pie se le vende la utopía de la hiperactividad estival, la verdadera cúspide del bienestar presidencial consiste en atrincherarse en un palacio, rodeado de hectáreas de sombra y muros institucionales que filtran el ruido del mundo. Hay una ironía deliciosa en el contraste: se nos incita al consumo compulsivo de vivencias mientras el poder practica, con sabia devoción, el repliegue y la desconexión total. El presidente no busca aventuras exóticas; prefiere la paz blindada, el silencio calculado y el merecido retiro del estadista que sabe que la mayor audacia del verano es, simplemente, desaparecer del mapa.

Deberíamos aprender la lección. La salud mental no se encuentra al final de una cola de embarque, sino en la serena paciencia de contemplar cómo pasa la tarde sin más ambición que verla morir.