Hace mucho tiempo, ya demasiado, que me hago esta pregunta. Con motivo de la posición del PSOE ante la convocatoria, a todos los ciudadanos, de apoyo a Ceuta el pasado día 2 de septiembre, día de la ciudad autónoma, me animo a responderla en público, aunque en privado la he verbalizado muchas veces en los últimos años.
Desde luego, es evidente, existe un partido con estas siglas, al que yo estoy afiliado desde 1973. Lamentablemente, nada tiene que ver con el PSOE de Felipe González, Alfonso Guerra, Ramón Rubial, Nicolás Redondo, Enrique Múgica y tantos y tantos otros socialistas que desde Suresnes reconstruimos un partido, con poco más de mil militantes en el interior, que sin renunciar a las ideas nucleares de su ideología fue capaz de contribuir como el que más en el proceso de transición que nos permitió pasar pacíficamente de una dictadura a una democracia, y hacer posible lo que hoy algunos descerebrados, con bastante audiencia, califican como «el régimen del 78» y que, con un izquierdismo infantil, resentimiento, afán de revancha o las tres cosas a la vez, tratan de cuestionarla con la finalidad de destruir el orden constitucional y la unidad de España. Transición que se fundamentó en la reconciliación de los españoles y que dio lugar a la actual Constitución de 1978, la única de las ocho que hemos tenido que no fue la imposición de media España sobre la otra media, la más longeva y la que permitió el mayor período de estabilidad, paz y prosperidad de nuestra historia, y que ahora de forma absolutamente irresponsable ponemos en cuestión levantando, artificialmente y por puro interés político, un muro entre los españoles para volver de nuevo a las dos Españas: patriotas frente a afrancesados, absolutistas frente a liberales, isabelinos frente a carlistas, unionistas frente a confederales, izquierdas frente a derechas, ¿republicanos frente a monárquicos? Como decía Machado, «una de las dos Españas ha de helarte el corazón». Parece que no hemos aprendido que solo prosperamos como sociedad y ciudadanos cuando estamos unidos y compartimos objetivos comunes.
Desgraciadamente, el muro se está levantando ante los ojos de todos y la polarización de la sociedad cada vez es mayor. Y hay responsables en ambas direcciones.
Aquel PSOE que defendió la transición, la reconciliación de las dos Españas, la Constitución de 1978, la igualdad de los españoles, la unidad de España y su integridad territorial ya no existe. Hoy es un partido podemizado y populista cuyas siglas siguen teniendo todavía un importante atractivo electoral.
Discrepo profundamente de la posición de Largo Caballero en la Segunda República y de la bolchevización que impulsó del PSOE, pero la respeto porque entiendo la época que vivió: triunfo de la Revolución rusa, auge del fascismo, profundas desigualdades sociales y económicas… Su posición respondía a una ideología y un proyecto político. No entiendo y discrepo de la podemización del PSOE y del abandono de la socialdemocracia por el populismo político, y me preocupa mucho el ver a donde está llevando a España esa podemización y la política de alianzas. No sé a qué ideología responde, ni cuál es el proyecto político que defiende más allá del interés personal de quienes lo mutaron.
Probablemente, a estas alturas de la lectura se preguntarán por qué no me voy. La respuesta no es fácil. Creo que es necesario en España un partido de centro izquierda, un partido socialdemócrata. Y creo que el sanchismo —quiero creerlo— se acabará y quiero estar ahí para ayudar a reconstruir y recuperar el PSOE, si para entonces es posible.