Conciliar en verano: ¿alguien piensa en los niños?

Beatriz San Martín MAESTRA DE EDUCACIÓN INFANTIL

OPINIÓN

María Pedreda

Cada verano volvemos a hablar de conciliación. De permisos, de vacaciones, de jornadas intensivas, de campamentos y de escuelas de verano. Todo gira en torno a una misma pregunta: ¿cómo hacemos para que los adultos podamos trabajar mientras cuidamos de nuestros hijos?

Sin embargo, hay otra pregunta que casi nunca aparece en el debate: ¿se piensa realmente en las necesidades de los niños? Como maestra de Educación Infantil, llevo años observando una realidad que me remueve por dentro. Los niños de 0 a 3 años también llegan agotados al final del curso. También necesitan bajar el ritmo. También sufren el calor. También necesitan dormir más, romper la rutina, pasar tiempo con su familia y descubrir el verano desde la tranquilidad. Y, sin embargo, muchos de ellos enlazan el curso escolar con los meses de verano sin apenas descanso. No porque todas las familias quieran, sino porque muchas escuelas infantiles permanecen abiertas para responder a una necesidad social: la conciliación laboral.

Y aquí conviene dejar algo muy claro. Hay familias que realmente necesitan este servicio. Madres y padres que no pueden elegir cuándo trabajar, que no tienen redes familiares, que enlazan contratos precarios o que simplemente no disponen de vacaciones en julio o agosto. Para ellos, las escuelas infantiles son un recurso imprescindible y necesario.

Pero también existe una realidad de la que apenas nos atrevemos a hablar: hay niños que siguen acudiendo a la escuela infantil mientras sus padres están de vacaciones. Y parece que plantear esta cuestión incomoda.

No escribo estas palabras para señalar a ninguna familia. Nadie conoce la mochila que carga cada hogar. Hay cansancio, problemas de salud, situaciones personales y familiares que nadie ve desde fuera. Juzgar sería injusto. Pero abrir un debate sí me parece necesario. Porque quizá hemos normalizado algo que debería hacernos reflexionar. Cuando un peque pasa prácticamente todo el año siguiendo horarios, rutinas y normas de un centro educativo, ¿no deberíamos preguntarnos si también necesita un verdadero descanso? Nos preocupa el agotamiento de los adultos —y con razón—, pero rara vez hablamos del agotamiento infantil.

Vivimos en una sociedad que habla constantemente de conciliación, pero casi siempre entendida como la posibilidad de que los adultos podamos seguir produciendo. Muy pocas veces nos preguntamos si esa conciliación también respeta los tiempos de la infancia.

Y quizá esta sea la pregunta incómoda que deberíamos hacernos este verano: ¿estamos conciliando para nuestros hijos o simplemente alrededor de nuestros hijos? Porque una cosa es garantizar que un niño tenga un lugar donde estar mientras sus padres trabajan y otra muy distinta es asumir que ese lugar debe estar disponible durante todo el año, incluso cuando la necesidad laboral desaparece.

Tal vez no necesitemos cerrar las escuelas infantiles en verano. Tal vez no todas las familias puedan permitírselo. Pero sí podemos empezar a hablar de un derecho al descanso también para los más pequeños, de modelos más flexibles y de políticas de conciliación que no midan únicamente cuánto facilitan la vida de los adultos, sino también cuánto protegen el bienestar de los niños.

Porque si algo hemos aprendido sobre la infancia es que los primeros años no son una sala de espera hasta que empieza la verdadera educación. Son los años en los que se construyen vínculos, lenguaje, movimiento, autonomía y las bases del desarrollo posterior. Y quizá por eso deberíamos dejar de hablar de los niños únicamente como aquello que tenemos que colocar mientras trabajamos. No son un problema de horarios. Son la infancia. Y la verdadera conciliación no debería ser conseguir que nuestros hijos encajen en nuestra vida, sino construir una vida en la que ellos también quepan. Y ese, para mí, sería un buen lugar desde el que empezar a hablar de conciliación.