Cuando Konrad Adenauer pedía en 1951 a sus hermanos en el infortunio —Alcide De Gasperi y Robert Schuman— que le ayudaran a levantar un nuevo Ejército alemán diferente al modelo prusiano y, por supuesto, al émulo nazi, sabía jugar sus cartas. Tenía al monstruoso Ejército Rojo a escasos kilómetros, y de su lado a los americanos, que se volvían en masa a la otra orilla del Atlántico, a los británicos intentando mantener los rescoldos de su imperio, y a los pobres franceses incapaces de encarar lo que se les venía encima con Vietnam, Argelia y todas las esquinas de lo que sería la francofonía. El monopolio nuclear yanqui era duopolio con Stalin.
Aunque los tres estadistas europeos eran devotos católicos, no eran ñoños. Ninguno se fiaba de los oficiales procedentes de la Wehrmacht, ni mucho menos de los fanáticos supremacistas de las SS. Adenauer, porque los había padecido desde 1933 en Colonia. Idearon una Comunidad Europea de Defensa que fue implosionada en escasos meses por el floreciente Partido Comunista francés y los protogaullistas. La alta política sí hace extrañísimos compañeros de cama.
El actual Ejército germano va a gastar en el 2030 más de 150.000 millones de euros anuales. España, con sus ínfulas imperiales, veremos si alcanza la mitad de la mitad, y gracias. Portugal, la cuasi vigésima parte. En fin. Un despropósito ineficiente más absurdo que resucitar la peseta o el escudo para recobrar el marco alemán en Madrid o Lisboa. Y todo para tener agregados militares nacionales por doquier, que perciben más que un embajador de Malta. Por ejemplo, un almirante español en la embajada de Lisboa o un almirante portugués en la de Madrid.
En los campus universitarios de Berlín hay cartelones que invitan a alistarse con una soberbia paga. Repito: en los campus universitarios de Berlín. Me pregunto si cabría hacer algo parecido en un gimnasio para invitar a los extraeuropeos a alistarse en el Ejército federal, a cambio de una modesta paga y de la ciudadanía de la UE tras diez años de servicio intachable. En los gimnasios de Braga hay brasileiros, en los de Marsella hay argelinos, en los de París centroafricanos, en Estocolmo colombianos y afganos. En las guardias republicanas y reales que sigan con sus costumbres, y en los ejércitos nacionales también con sus uniformes de gala y gran gala. Pero si hay que combatir a pie en Libia, Ucrania o Siria, para que no pase otra vez lo que vimos con Sarkozy y Gadafi, con Putin o con los Al Asad, por no seguir citando a vanidosos patriotas, mejor contar con un tercio concentrado del presupuesto del US Army y gastar menos para preservar el european way of life.