No sé nada de ellas. Llegaron un día de ganchete y se acomodaron dos bancos más adelante. Una anciana blanquísima y menuda que se agarraba al brazo de una mujer fuerte y alta, quizá menos de lo que parecía, porque se ayudaba de un moño afro voluminoso y muy vertical. Se me ocurrió que la anciana había contratado a una reina africana para que cuidara de ella. Vestía también ropa muy alegre y los colores y trazos de la tela remitían al mismo origen que su piel o su tocado. Se movía con una dignidad maravillosa, con maniobras rápidas, pero no apresuradas, eficaces, discretas, sobrias. Sabía cuándo la anciana querría levantarse y se adelantaba con un brazo. Ahorraba en miradas hacia la señora o en sonrisitas. Callaba. Muy erguida siempre, muy atenta. Antes de ir las dos a comulgar, tomó del banco un bolso, lo abrió y de una cartera contó algunas monedas con las que luego encendería velas eléctricas cerca del altar. Quizá era su bolso y pedía por sus cosas. Quizá cumplía órdenes de la anciana. Trabajaba con una precisión y una delicadeza pasmosas.
Supuse que la anciana debía de ser inteligente, piadosa y simpática. Una mujer con vista y agradecida. A la hora de darse la paz, la cuidadora extendió la mano hacia la otra señora casi sin mirarla. Ella, tan menuda y tan frágil, agarró aquella mano morena con las dos suyas, se inclinó y la besó. Miré alrededor. Nadie pareció advertir aquel gesto sencillo que encajaba con naturalidad en el ritmo de la liturgia.
Pensé que se trataba de un cariño de felicitación: quizá cumplía años aquel día o celebraban una ocasión especial. Luego coincidí con ellas otras veces y, en todas, le ofrecía la mano y la señora a la que servía se la besaba.