Nada representa mejor cómo hemos cambiado que un buen ático. Porque hasta hace no tanto, la escala social se trasladaba a los edificios justo al revés que ahora, cuanto más rico más abajo, con las buhardillas destinadas a criados y menesterosos y los plantas bajas distribuidas en estancias espaciosas y grandes balcones desde los que dar envidia al viandante.
Los ascensores le dieron la vuelta al concepto y hoy miramos a los tejados de los edificios como quien se encomienda al altísimo para soñar con veladas en grandes terrazas desde las que contemplar la luna de tú a tú y al resto de los mortales de arriba a abajo.
Hay una carga semántica en el ático que va a hacer sufrir a Díaz Ayuso, como demuestra su reventa súbita en cuanto trascendió la sombría operación. Al margen de la oscura peripecia y de la inaudita torpeza de quien la promovió, un ático aleja al político del suelo, de la realidad, del ciudadano, de la gente normal, que decía antes de ahora Pablo Iglesias. Un ático es un mensaje, una apología inmobiliaria, un lugar en el mundo y, en el caso de Ayuso, una predisposición incontrolable, porque no se ha subido a esa planta celestial con sus ahorros ni es la primera vez que un ático se le mete en el ojo.
El altillo ya a la venta está además en Chamberí, el barrio más chic del centro de Madrid, y mide 500 metros cuadrados con 200 de terraza, o sea que se podría batir algún récord olímpico de longitud sobre ella. Es el ático total, un símbolo y un revés del que quizás la presidenta no se reponga.
Lo de destinar el dinero de la venta repentina a la reconstrucción de la Sierra Oeste solo hace más chusca esta gran pillada que hoy celebran muchos, y puede que no solo en el gobierno.