Estados Unidos celebra hoy, 4 de julio, los 250 años de su independencia y el inicio de su historia como nación. Sin embargo, esta afirmación tan extendida no es del todo cierta, ya que la declaración de independencia no fundó, ni siquiera en teoría, un nuevo país. Redactada por Thomas Jefferson, fue aprobada por el II Congreso Continental en Filadelfia el 2 de julio de 1776 y firmada por su presidente, John Hancock, dos días después. El texto estableció trece repúblicas independientes de la Corona británica, recelosas de sus fronteras y soberanías.
Entonces, ¿fundaron una confederación o una nación? Responder les llevó 89 años y 700.000 muertos en una sangrienta guerra civil. La mayoría de los padres fundadores tenían orígenes británicos y convicciones conservadoras. No pretendían alterar el orden colonial, basado en la propiedad y en la religión, ni el estatus social. Aún así, la declaración significó un cambió de agujas en el curso de la historia, alumbrando una política inspirada en los derechos naturales de Locke, la división de poderes de Montesquieu y la salvaguardia contra la concentración del poder de la Roma republicana.
Con solemnidad bíblica, el texto proclamó que todos los hombres son creados iguales y que poseen derechos intrínsecos e inalienables a la vida, a la libertad individual y a la búsqueda de la felicidad. Resultó trascendental. Derribó monarquías europeas, inspiró la Revolución Francesa y espoleó la independencia de los criollos americanos.
El pasado se volvió ceniza. El poder real perdió la legitimidad divina y la república, por mandato de los gobernados, se manifestó como la forma de gobierno más virtuosa.
A falta de poetas, filósofos o novelistas, la historia intelectual de EE.UU. nace de la política y el derecho, inspirando un pensamiento comunitario, secular y práctico. Sí. La declaración arraigó como fundamento identitario de la nación, pero también como un estándar imposible de cumplir por sus instituciones.
La epifanía estadounidense fue incompleta: los nativos americanos y los esclavos africanos no fueron invitados a la utopía. La primera semilla del supremacismo blanco inoculó en la memoria colectiva una contradicción moral. Históricamente, los presidentes mantuvieron un perfil bajo durante esta celebración evitando politizar la fiesta nacional.
En 1801, Jefferson fue el primer presidente en institucionalizarla, abriendo las puertas de la Casa Blanca a los ciudadanos. En el 2026, Trump quiebra este legado convirtiendo la efeméride en un mitin ególatra. Su nacionalismo excluyente desnaturaliza el hecho fundacional y ultraja el sueño de libertad que Martin Luther King tuvo una vez en el estanque del National Mall, entre los monumentos a Lincoln y a Washington. Dudo si el experimento americano sobrevivirá a este presidente. Sus palabras me recuerdan las de Tom Buchanan en El Gran Gatsby: «La civilización se está cayendo en pedazos... la raza blanca será avasallada por completo. Nos toca, como raza dominante, estar vigilantes. Si no, otras razas tomarán el control».
Más allá de los desfiles, los fuegos artificiales y los conciertos celebrados por los campos y ciudades de la república, EE.UU. ha dejado de exportar su histórico sueño de libertad.