Jueces

Cartas al director
Cartas al director CARTAS AL DIRECTOR

OPINIÓN

El juez Juan Carlos Peinado, saliendo de los juzgados de la plaza de Castilla (Madrid), en una imagen de archivo.
El juez Juan Carlos Peinado, saliendo de los juzgados de la plaza de Castilla (Madrid), en una imagen de archivo. Mariscal

La toga está de moda

Declaraciones, investigaciones, imputaciónes, autos, sentencias, recursos, etcétera, se han convertido en términos cotidianos para el ciudadano de a pie, lego en derecho. Tratamos a los jueces como a los árbitros de fútbol; si sus decisiones y sentencias favorecen a nuestro equipo, asentimos con placer, pero si van en su contra nos acordamos de su árbol genealógico y les mostramos una tarjeta roja. No debemos temer a los jueces, sino a las consecuencias si quebrantamos la ley o aparecen serios indicios que así lo sugieren. El refranero nos recuerda que «el juez debe tener una oreja para el demandante, y la otra para la otra parte» y así lo hacen; los togados deben trabajar sin presiones, coacciones o amenazas para poder desempeñar una tarea tan difícil como es juzgar y dictar una sentencia, ya que absolver a un culpable o condenar a un inocente suponen su propia condenación. No nos convirtamos en abogados de sequero o secano, opinando de lo que no sabemos y tratando de sentar cátedra. Javier Sáenz.

 El derecho a ignorar

Son las dos de la mañana y el móvil vibra sobre la mesilla de noche. Manolo, de 59 años, abre los ojos y mira la pantalla. Es la notificación de un periódico: otro ataque ruso en Ucrania. Otro misil más. Suspira, desliza con el dedo, y continúa leyendo más titulares.

Manolo siempre critica la dependencia de los jóvenes al teléfono móvil. Sin embargo, ahí está él, despierto de madrugada por una noticia que probablemente al día siguiente habrá olvidado.

No hace tantos años, informarse necesitaba un gesto activo: leer varios periódicos, ir a la taberna, ver la televisión, contrastar versiones y hablar con otros. La información se buscaba. Hoy ocurre justo lo contrario: la información nos busca a nosotros. Aparece independientemente de lo que estemos haciendo, en el único dispositivo que siempre llevamos encima. Durante siglos, el debate se centró en el acceso a educación, conocimiento y libertad de expresión. Ahora empieza a ser otro: cómo defender nuestro derecho a ignorarla de forma consciente.

A lo largo del día otra noticia le preocupa, otra la indigna, un vídeo entretiene y la mayoría, sin que se dé cuenta, le da la razón. Todo esto, en cuestión de segundos. Estímulos encadenados. A veces tiene la sensación de que alguien ha aprendido exactamente qué emoción provocar para mantenerlo frente a la pantalla un poco más. Seguramente no sea magia. Son algoritmos, datos y programación. Pero tampoco parece casualidad que aquello que ve consiga captar constantemente su atención.

Y ahí la historia de Manolo deja de ser solo la de Manolo.

El problema no es la existencia de demasiada información, ni la solución es el rechazo a las nuevas tecnologías. La realidad es que hemos entrado en un entorno donde la atención y los datos se han convertido en un recurso económico. Plataformas y servicios compiten por retenerla el mayor tiempo posible, seleccionando, ordenando y priorizando lo que vemos sin ser conscientes de ello.

Por tanto, la libertad informativa deja de ser un concepto absoluto tal y como lo entendíamos. Lo que cambia es en qué orden y con qué frecuencia estamos expuestos a la información. Y eso condiciona, inevitablemente la forma de entender el mundo, la sociedad y la política. ¿Qué significa la libertad digital?

Manolo, probablemente volverá a mirar la pantalla. Casi todos lo hacemos. Quizás el verdadero primer paso es detenerse y preguntarse algo que nunca aparecerá en la notificación: ¿Quién ha decidido que esto era lo siguiente que debía ver y por qué? Ainhoa García Marcos. vigo.

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