¿Qué va a pasar en Irán?

José Enrique de Ayala ANALISTA DE LA FUNDACIÓN ALTERNATIVAS

OPINIÓN

María Pedreda

La guerra que iniciaron EE.UU. e Israel el 28 de febrero con el bombardeo masivo de Irán, entró en pausa el 8 de abril con la declaración de un alto el fuego que se ha venido prorrogando desde entonces, aunque no exento de ciertos incidentes armados. Se trataba de abrir la posibilidad de unas conversaciones de paz, auspiciadas por Pakistán, que pusieran fin al conflicto, ante el hecho evidente de que la agresión inicial no había logrado su objetivo principal, que era acabar con el régimen de los ayatolás con la ayuda de una rebelión popular —que nunca llegó a producirse— y mediante el asesinato del líder supremo de la República Islámica, que fue rápidamente sustituido por su hijo.

Por el contrario, el ataque tuvo la previsible consecuencia de ampliarse a un conflicto regional, afectando hasta a nueve países de la zona, y de que Teherán usara su arma más potente, el cierre del estrecho de Ormuz, produciendo una fuerte subida del precio de los hidrocarburos, y otros materiales, y con ella una crisis económica de carácter global, que no ha hecho sino empezar. El precio de la energía incide sobre la inflación y esta en la subida de los tipos de interés, lo que afectará al nivel de vida de los ciudadanos de todo el mundo. Este es un efecto que durará mucho tiempo después de que se firme la paz, sin contar otros que llegarán más tarde, como la carestía de los productos agrícolas por la falta de fertilizantes nitrogenados que puede producir hambrunas en ciertos países.

Después de 45 días de tregua no se ha alcanzado aún el deseado acuerdo, porque el régimen iraní, dominado por la radical Guardia Revolucionaria, rechaza las condiciones de EE.UU. No se trata solo del asunto de las armas nucleares —Teherán ha reiterado que renuncia a fabricarlas pero no al enriquecimiento de uranio ni a conservar el que ya ha enriquecido—, sino a otras exigencias relativas a paralizar su programa de misiles y a dejar de apoyar a las milicias afines enemigas de Israel, como Hezbolá o Hamás. Irán no solo no acepta estas demandas, sino que pone sobre la mesa otras propias que son inaceptables para Washington, como la retirada de sus fuerzas armadas del Golfo, el levantamiento de las sanciones y del embargo de fondos, recibir reparaciones de guerra, y establecer un control permanente de Ormuz —incluido el pago de peajes— que no tenía antes de empezar la guerra. No obstante, los dirigentes iraníes deben ser conscientes de que nunca lograrán vencer a la abrumadora maquinaria militar de EE.UU., y de que la resistencia de su población ante el deterioro económico del país, agravado por el contrabloqueo estadounidense de Ormuz, tiene un límite que puede estar próximo, lo que les va a forzar inevitablemente a hacer concesiones, al menos en algunos aspectos.

Por su parte, al presidente Donald Trump, quiere terminar esta guerra cuanto antes porque sus efectos en EE.UU. —subida de la gasolina e inflación— unidos a una cierta incomprensión de su necesidad y su objetivo final, están teniendo un gran coste político —su apoyo ha caído hasta el 35 %,según una encuesta de Reuters/Ipsos— a seis meses de las elecciones de medio mandato que pueden quitarle la mayoría en el Congreso. Pero también necesita algún resultado tangible que le permita justificar el ataque, y que sea mejor que el acuerdo del 2015 —liderado por Obama— que él mismo dinamitó en el 2018. Por eso amenaza reiteradamente a Irán con terribles destrucciones si no hacen una propuesta aceptable —la última vez el martes 19— pero siempre amplía los plazos, a la espera de que Teherán ceda lo suficiente para permitirle presentarlo como una victoria.

Se sabe que Trump toma con frecuencia decisiones instintivas e imprevisibles, y por tanto no se puede descartar que la guerra se reanude en cualquier momento con una oleada de bombardeos masivos para intentar forzar a las autoridades iraníes a mayores concesiones, aunque es dudoso que su resultado fuera diferente al obtenido hasta ahora. Pero es bastante más probable que la situación se mantenga congelada hasta que se alcance un acuerdo, que podría no estar muy lejano a pesar de la enorme distancia que parece existir aún entre las respectivas posiciones, y de la presión de Netanyahu, que anhela seguir destruyendo a Irán. La paz interesa a ambas partes, y la necesita también el resto del mundo, y en particular Europa, para paliar sus consecuencias, que no van a desaparecer cuando termine el conflicto, pero que se agravan cada semana que persiste.