Qué verde era mi valle

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

Vista de Viveiro desde la capilla de San Roque.
Vista de Viveiro desde la capilla de San Roque. PEPA LOSADA

Mi pueblo está recostado junto a la mar, en la falda de una montaña sagrada y coronada por una capilla en honor de San Roque, que nos libró hace siglos de la peste. Cuando lo evoco en la distancia, recuerdo la entrañable película de John Ford premiada con cinco Óscar, sobre un texto del novelista Richard Llewellin, que narra desde los ojos de un niño la historia de su familia situándola en el más bello de los valles que pueblan el paisaje idílico de la memoria. Todos somos destinatarios del mensaje sentimental de las emociones del tiempo ido. Huw Morgan, el protagonista del filme, era el más pequeño de seis hermanos y su memoria transforma la luz de un lugar minero y gris creando luminosos recuerdos en un vergel de verdes apacibles en las imágenes recordadas, mil veces pensadas.

Mi pueblo nada tiene que ver con el que cuenta la película de Ford, está anclado en un lugar seguro de la nostalgia, y, pese a la melodía frecuente de la lluvia, siempre ciñó de verdes y de azules mis recuerdos de una feliz infancia ya lejana. Siempre fue para el niño que he sido el más bello y persistente de los recuerdos, porque si de algo estoy seguro es de que todos los valles de nuestra infancia son intensamente verdes.

La película es del año 1941, en plena guerra mundial. Ford había dirigido un año antes Las uvas de la ira, basada en la obra narrativa de John Steinbeck. Después se marchó a la guerra. Y es ahora cuando voy hilvanando vivencias y tejiendo en el mapa de la memoria los días en que habité el valle verde que todavía vive conmigo. Y fiel a mis sentimientos, regreso al punto de partida en una frecuencia que fue creciendo con la edad, mientras reivindico como un eslogan la frase mágica que señala para siempre qué verde era, y sigue siendo, mi valle, aunque se diluya entre evocaciones infantiles que aún conservo en la memoria de los tiempos que han pasado.

Construyo tesis elementales entre cine y literatura, que seguramente son lo mismo, y caigo en una tautología primaria, para volver a escribir que mi pueblo está recostado junto a la mar, en la falda de una montaña, en donde el verde recordado se incrustaba en un valle sin fin sembrado de plenitudes, de experiencias iniciáticas que ascendían hacia un cielo de azules donde siempre era verano, donde los días eran infinitos y las noches estrelladas ponían una cenefa de sueños a la vida.

Entonces reconocí el paisaje, mi paisaje, y supe para siempre, con Huw Morgan, el niño de la película, qué verde era mi valle.