Después de una presentación en clase, vinieron al despacho con la excusa de que les leyera la columna de hoy. Se la leí. No era esta, claro. Se quedaron serios. Pensé que no les había gustado, pero dijeron que sí y que el asunto que trataba lo hablaban con frecuencia. Me quedé un poco pegado. Pensaba que estaba siendo original. Se me notó, supongo, y empezaron a consolarme: «Lo hemos escuchado, pero no lo hemos leído». O «esas cosas las comentamos entre nosotros, pero no se las hemos oído a ningún adulto». Como si dijeran: las columnas son escritura para adultos y, por tanto, la mía podía considerarse original.
No lograba seguir su ritmo. Mantenían varias conversaciones simultáneas —los chicos también— y conseguían atenderlas. Se lo dije. Respondieron con risas: «Tienes que pensar que somos la generación TikTok, podemos hacer varias cosas a la vez».
Alguien me había hablado de un conocido que pasaba la vida en TikTok, incluso en la ducha. Apenas les extrañó. Uno dijo que solo conseguía estudiar viendo una película. Me espantó. Otra añadió que hacía lo mismo y que tenía sentido. Que ver una película equivale a esos tiempos de descanso, tan necesarios, en medio del estudio. Por supuesto, mis prejuicios les parecieron una excusa loca.
Mientras sucedía esto, dos de ellos consiguieron entender cómo funciona una calculadora primitiva que compré en Graz. La máquina opera como un ábaco nada intuitivo. Yo, adulto digital, ni lo había intentado, rendido ante un artefacto analógico. Ellos descifraron jugando un artefacto del pasado. Su curiosidad y su inteligencia resolvieron el acertijo en un rato. Sin pereza. A veces decimos cosas muy tontas de la generación Alpha sin escucharlos.