¿Y si la mujer no pidiese igualdad?

Marta Cea TECNÓLOGA

OPINIÓN

Manifestación feminista el pasado 8M.
Manifestación feminista el pasado 8M. Rodrigo Jiménez | EFE

17 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Ya pasó el mes de marzo, cuando todo se tiñó de morado. Logos corporativos, comunicados institucionales, fotos de empresas enseñando a sus directivas esa semana del año... Y todo siguió igual. Lo que sucede me recuerda a cuando se dice: «Yo también tengo amigos gais», y luego no se vota en consecuencia.

Llevamos décadas aplicando parches. Cuotas para meter a mujeres en consejos de administración, planes de igualdad que duermen en cajones, campañas de empoderamiento diseñadas por los mismos que no creen necesarios los cambios. Y estadísticas, muchas estadísticas, que se celebran o no según convenga, y que nunca captan lo que de verdad importa: si el sistema permite que las personas sean quienes son o les exige transformarse para encajar.

Y nos preguntamos por qué no avanzamos. Los que alguna vez se preguntan algo, claro… Pues, quizá porque estamos haciendo la pregunta equivocada. La pregunta no es cómo conseguir que más mujeres lleguen. La pregunta es: ¿a dónde estamos intentando que lleguen? Pasé veinticinco años en el mundo corporativo tecnológico. Llegué, ocupé puestos de responsabilidad y en algún momento me di cuenta de que había recorrido un camino que nunca fue mío. Un mapa de carreteras que ya estaba dibujado antes de que yo naciera, diseñado por otros, para otros. Me dijeron que cuidar a mi equipo era un defecto como directiva (me tildaban de «mamá gallina» con sorna), y que la vulnerabilidad era debilidad. Que el éxito se medía en números, nunca en personas. Y aquí está lo que nadie dice: el problema no es que las mujeres no sepamos adaptarnos; es que vemos algo que muchos no pueden ver.

Hay un sistema de reglas no escritas sobre cómo se trabaja, se lidera y se asciende. Quienes lo construyeron y quienes llevan generaciones dentro no lo cuestionan. Obvio, al final les funciona y les resulta natural. Es como el pez que no ve el agua.

Muchas mujeres, y también hombres que no encajan en el molde, llevamos menos tiempo dentro. No lo llevamos tatuado en sangre, y por eso sentimos fricción. Vemos la frialdad en las relaciones profesionales, la desconexión emocional convertida en virtud, y la deshumanización disfrazada de productividad.

Esa fricción no es nuestra debilidad, es nuestra lucidez. Quienes no encajamos vemos lo que quienes encajan no pueden ver. Y en vez de preguntarse qué vemos, la respuesta ha sido siempre la misma: adaptaros. Cambiad. Sed más duras, más frías, más conformes.

¡Mis narices!

¿Y si el 8M dejara de ser el día en que pedimos que nos dejen entrar, y se convirtiera en el día en que nos preguntamos qué clase de lugar hemos construido?

Un sistema que premia la desconexión y penaliza el cuidado. Una definición de éxito que deja fuera no solo a las mujeres, sino a cualquiera que no encaje en el molde. El problema no es solo de género; es de humanidad. Y no lo digo desde el ataque, sino para invitar a una reflexión que me parece urgente. ¿Y si la diversidad que tanto proclamamos no fuera solo una cuestión de porcentajes? ¿Y si significara de verdad incorporar formas distintas de liderar, de relacionarse, de entender qué es el éxito?

¿Y si las mujeres no tuviéramos que elegir entre llegar o seguir siendo quienes somos? ¿Y si quienes también sienten esa fricción —hombres y mujeres— encontraran por fin permiso para decirlo?

El 8M nació de obreras textiles que no pedían ser tratadas como hombres. Pedían dignidad. Pedían no morir encerradas en una fábrica. Pedían condiciones para vivir, no solo para producir. En algún momento, el objetivo se desdibujó. Pasamos de pedir un sistema más humano a pedir que nos dejaran entrar en el sistema tal y como está.

Pero el problema es más profundo. No es un problema de colectivos. Es un sistema que solo sabe funcionar con un único modelo de persona. No pido igualdad para ser tratada como si fuera igual. Pido un sistema donde ser diferente deje de ser un riesgo.