Pasé la Semana Santa en Castilla y he comprobado que hay algo de naufragio colectivo en esta insistencia nuestra por convertir el rito en espectáculo, la herida en purpurina. No lo digo con el ánimo del censor que añora el cilicio, sino con la perplejidad del observador que ve cómo la Semana Santa se nos está escapando por las costuras para mutar en un carnaval de primavera.
El cambio no es sutil. Antes, el silencio era la arquitectura que sostenía el paso de las imágenes; un silencio denso, que obligaba a la introspección. Ahora, el silencio es un estorbo que la algarabía de la «experiencia turística» se apresura a rellenar.
La transformación del rito en carnaval empieza por la pérdida de la gravedad. El carnaval es, por definición, la inversión del orden, la risa que muerde el miedo, la máscara que libera. Pero cuando la máscara se traslada a la procesión se vacía de contenido. El capuchón ya no es un símbolo de anonimato ante la culpa, sino un mero atrezo en un desfile de figurantes, una suerte de «estetización de la angustia». El dolor de la Pasión se ha vuelto un producto de consumo, un decorado para que el espectador —que ya no es fiel, sino cliente— consuma una ración de emoción precocinada. Lo que importa es la puesta en escena, el brillo del trono, la armonía de la banda que ya no toca para Dios, sino para Instagram.
Es curioso cómo el ser humano contemporáneo, tan racional y descreído, necesita desesperadamente el ruido. No soportamos la mirada del Cristo, preferimos el carnaval; en el carnaval no hay preguntas, solo hay estímulos.
La calle ya no es un templo sin techo, sino una feria donde el olor a incienso lucha contra el aroma del aceite refrito de los puestos callejeros. Todo se vuelve intercambiable. Da igual el nombre de la Virgen o el siglo de la talla; lo que importa es la ocupación hotelera y el impacto económico.
¿Qué nos dice esto de nosotros mismos? El carnaval es una fiesta de la carne que precede a la privación, pero aquí hemos decidido saltarnos la privación y quedarnos permanentemente en la fiesta. Hemos convertido el Gólgota en un escenario de variedades.
Al final del día, cuando el último paso entra en el templo y se apagan los focos, queda un regusto amargo de artificio. Nos hemos divertido, pero hemos perdido el hilo de la historia. Porque un pueblo que confunde el sacrificio con el baile, y el misterio con la escenografía, es un pueblo que ya no sabe qué hacer con su propia sombra. La Semana Santa se muere de éxito, asfixiada por el confeti de una sociedad que ya no sabe rezar, pero que ha aprendido a aplaudir a los fantasmas.