Si volviera a mis veintitantos años, nada más terminada mi carrera de Derecho, no lo dudaría. Prepararía unas oposiciones, por mucho tiempo que tuviera que emplear en aprobarlas, que en caso de superarlas me permitieran tener los garbanzos asegurados durante el resto de mi vida. De esa manera me hubiese evitado casi cuarenta años de autónomo, con los problemas que ello conlleva.
Cierto que no tienes jefe y que programas tus jornadas en función de cómo mejor te venga, aunque al final te pasas el día entero en tu despacho, consulta o taller preocupado por las facturas que recibes y por aquellas que no acaban de pagarte. Un verdadero estrés, y al terminar tu vida profesional una escueta pensión que apenas te da para los gastos más elementales.
Todo el día colgado del teléfono recibiendo llamadas de clientes que, en muchos casos, te culpan de que sus problemas no se resuelvan, ya sea debido a que no tienen solución o a la lentitud de los organismos correspondientes.
Como se suele decir, se mata al mensajero y este siempre es el autónomo.
Desde aquí animo a los jóvenes que recién terminados sus estudios deciden instalarse por su cuenta, a que se lo piensen dos veces. Que hablen largo y tendido con un funcionario y con un trabajador por cuenta propia y que después decidan, libremente y con cabeza.