Alguien se ha gastado mucho dinero en conmovernos con el caso Noelia Castillo. Conmigo lo han conseguido. Escribo como si me pesara toda la pena y la amargura de esa chica, exprimida hasta el final de su existencia. Duele verla agotada, escucharla contar cómo se fue hundiendo, sin ayuda, en un pantano tras otro. Una familia rota que no supo ocuparse de ella. Una abuela y una madre que la besuquean mucho en la entrevista, pero fueron incapaces de evitar que la internaran en centros de acogida de la Generalitat de los 13 a los 18 años. Estos centros no se mencionan en la entrevista, sino unos «psiquiátricos», en no se sabe qué época. Nadie pudo impedir que se juntara, según la propia Noelia, con personas poco recomendables que la condujeron a la droga y a comportamientos peligrosos. Hay muchos responsables de la muerte de Noelia, aparte de ella misma. No solo un padre retratado como alcohólico y ludópata, que nunca se interesaba por su hija, «No sé para qué me quiere viva», dice en un primer plano aterrador. Y el novio violador, y esas dos violaciones grupales. ¿Cómo no va a querer morir esta chica? Aunque no padeciera un trastorno obsesivo compulsivo diagnosticado. Y un trastorno límite de personalidad, causa, quizá, de las autolesiones y de los varios intentos de suicidio.
Hasta llegar a esa entrevista emitida en un canal conservador, como aconsejaría cualquier asesor de imagen experto. Duró doce horas, pero la redujeron a menos de una en la que repitieron hasta la saciedad varios episodios. Casi nunca se escuchan las preguntas y algunas respuestas parecen inducidas. La han exprimido hasta el final. Pobre niña: la eutanasia es el tratamiento médico para los pobres.