«Yes We Can». Sí, se puede

Manuel Blanco Desar
Manuel Blanco Desar EUROPA NOSTRA

OPINIÓN

Banderas de la Unión Europea en el exterior de la sede de la Comisión en Bruselas.
Banderas de la Unión Europea en el exterior de la sede de la Comisión en Bruselas. Yves Herman | REUTERS

19 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Saque de su cartera un billete de 5 euros. Obsérvelo. Pálpelo. Ahí está. Es real. Viene firmado por los presidentes de la única institución federal europea que nos defiende. Los escudos, los francos, los marcos, las liras, las pesetas... han desaparecido y no ha sucedido ninguna hecatombe. Pues bien, el derecho omnímodo de señoreaje, el poder absoluto de acuñar moneda, de emitir billetes, es tan antiguo como los reinos, los imperios o los modernos Estados y las igualmente contemporáneas naciones.

Esos viejos reinos, imperios y naciones tenían sucesivos ejércitos reales, imperiales y nacionales. Sus tropas eran mercenarias, soldados con soldada, hasta que unos espabilados descubrieron que podían reclutar a sus mozos casi barbilampiños con fanfarrias del siglo XIX. El cementerio de la Batalla de las Naciones o Völkerschlachtdenkmal, en Leipzig, fue culminado en 1913 por el Káiser Wilhelm II. Ahí queda, para pensar, junto con los posteriores del Somme o Normandía. El horror. La carnicería de los jóvenes triturados en la flor de la vida.

Sin embargo, si conseguimos lo más difícil, o sea, acabar con el franco y el marco, con el escudo y la peseta, ¿por qué tenemos en la UE impotentes ejércitos estatales que no nos pueden defender aunque lo deseen fervientemente? Por vanidad, por añorar lo que fue, pudo ser y ya no es ni será.

En 1954 estuvimos a punto de conseguirlo. Persistía el miedo a las esporas del Káiser y el Führer, nacía el pavor a las divisiones de Stalin. El profesor barcelonés Gavín Munté lo recuerda en su magnífica tesis sobre la Comunidad Europea de Defensa, abortada principalmente por el nacionalismo humillado de Francia. El cuadro La Tache noireLa Mancha negra—, de Albert Bettannier, recuerda cómo educaban los maestros republicanos en las escuelas públicas galas a las nuevas generaciones de carne de cañón. Amada y perdida Alsacia.

Ahora, Europa ha probado el amargo sabor de su irrelevancia tras la humillación de la reunión en el despacho oval alrededor del hijo de un alemán y una escocesa, de nombre Donald, nacido en el distrito neoyorquino de Queens. Quizá debería revisarse el Tratado de la Comunidad Europea de Defensa y mantener unos estilosos ejércitos nacionales, aunque se constituya un musculado ejército federal, como se hizo con el Banco Central Europeo. Los astilleros de Ferrol, Cádiz, Brest o Hamburgo tienen otro futuro, como esta Unión anémica.