El expresidente de la Generalitat de Cataluña, Jordi Pujol, reapareció el pasado domingo para, a sus 95 años, mostrar públicamente su apoyo a Joan Laporta en las elecciones a la presidencia del Fútbol Club Barcelona.
Pujol fue acompañado por el propio Laporta, que se deshizo en cariños con el otrora muy honorable. Con el expolítico fue su hijo Oriol, también implicado en varios casos de corrupción que salpicaron los años de gobierno del pujolismo y que se juzgan ahora en la Audiencia. Cabe recordar que el propio Joan Laporta promovió en noviembre del 2023 un homenaje a Jordi Pujol, al que entregó la insignia de oro y brillantes del club en reconocimiento a sus 75 años como socio del Barcelona. A la reciente celebración de su 95 cumpleaños, Laporta acudió con el regalo de una camiseta del Barça con el dorsal 95 y el nombre de «President Pujol».
Cada cual elige sus amistades y a las personas a quien admirar. Pero también es cierto que estas amistades y estas admiraciones definen a cada cual. Y Laporta es, en cierta forma, un vestigio de un pasado en el que las poltronas del fútbol estaban llenas de piratas que se ciscaban al abordaje en cualquier tipo de norma o de ley que se les pusiese por delante. El renovado presidente culé representa la imagen del dirigente marrullero que tira hacia adelante a golpe de demagogias, populismo y de ese artefacto híbrido a caballo entre las trampas y la magia empresarial que son las palancas.
No es de extrañar, pues, que Joan Laporta idolatre a un personaje como Jordi Pujol, que presuntamente saqueó Cataluña y, por qué no decirlo, también España. Y no solo le profesa devoción, sino que además la exhibe, importándole bien poco la institución que preside, a la cual mancha con la imagen de un presunto delincuente que se lo llevaba crudo a Andorra, según se le acusa.
El caso es que Laporta cuenta con el beneplácito de la masa social azulgrana, como en su día otros dirigentes del mismo pelaje gozaron de apoyos. No hay más que recordar a Jesús Gil, Ruiz de Lopera, Del Nido y otros casos mas cercanos a nosotros, que, camuflados tras un escudo, se pegaron la vida padre y usaron y abusaron de los clubes.
Afortunadamente, en Galicia, ahora mismo, tenemos al frente del Celta y del Deportivo a una presidenta y a un presidente que se caracterizan por su seriedad en la gestión, su discreción en las formas y en que, lejos de servirse de sus entidades, les dedican tiempo, cariño y dinero. Resulta inverosímil imaginarse a Marián Mouriño y a Juan Carlos Escotet engañando a Hacienda, vetando a medios de comunicación e intentando colar a sus jugadores el timo del bruto y del neto.
Laporta ganará títulos, porque está en el Barcelona. Y probablemente hará negocios personales gracias a que es su presidente, pero no engaña a nadie. Representa todos los vicios de un fútbol de otra época, en el que la palabra ética les producía sarpullido a sus dirigentes, unos tipos marrulleros que estafaron a los aficionados escondidos tras las giros aleatorios de una pobre pelota.