Solo hay que leer dos relatos de Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939-2026) para maravillarse. Además se encuentran fácil en la biblioteca universal que es Google. Se titulan Apples y Con Jimmy en Paracas. El primero cuenta el amor de una joven por un pianista mayor, al que le regala flores y manzanas podridas. Las flores por ella y las manzanas podridas por él. En un párrafo nos ofrece una frase que podría estar en carteles y en tazas: «Que el miedo jamás nos encuentre». Amor, desamor y amor. En Con Jimmy en Paracas, utiliza un lirismo tremendo para narrar cómo un hijo ve a su padre entregado toda su vida a trabajar y a satisfacer a los ricos: «Esos jefes que lo quieren tanto porque hace siete millones de años que no llega tarde ni se enferma ni falta a la oficina», dice el niño que observa la verdad de la esclavitud laboral de su padre desde la acuarela de sus ojos infantiles. Las clases sociales. Bryce fue un experto en ellas. Su primer súper éxito, Un mundo para Julius, es la historia de un crío rico que bien podría ser él, hijo de banquero y tataranieto de un presidente del Perú. Hizo Derecho para satisfacer a su padre y se largó a París para escribir mejor desde la distancia de su amada Lima. Le inspiró Julio Cortázar y le acogió Julio Ramón Ribeyro, que le prestó las palabras para titular su debú con un volumen de relatos, Huerto cerrado. Utilizó el desgarro de los kilómetros, el Atlántico por medio, para tocar mejor la música de la ausencia. Nunca perteneció al llamado bum latinoamericano. Fue por libre. Se bañó en vodka. Su hígado tiene mucho que decir en su despedida a los 87 años. Una autopsia de ese hígado daría varios volúmenes de literatura científica. Su arte sumó amor y humor. Su pincel mojaba en la ternura y la nostalgia. Hilarante, maníaco depresivo, le daba pena a la tristeza. Nos deja libros estupendos. Se va sin el premio Cervantes. El error de cometer plagio en unos artículos periodísticos, por lo que pagó más de 50.000 euros de multa, manchó al final una carrera fabulosa. Era barroco y fácil de leer a la vez. Sus textos eran casi orales. Su estilo era desgarbado, pero un poco a propósito. Digresiones como Sterne, desde su sillón Voltaire. Narraba con una falsa desgana que lo hacía inmenso. No solo se mojaba en alcohol. Lo hacía también en risas y lágrimas. Muy amigo de sus amigos, como de Joaquín Sabina, que le dedicó versos de despedida: «Puntos y comas, verbena del idioma, buzón del aire… Habana loca, Cádiz en carnavales, Barrio Latino, Lima que enroca los puntos cardinales de mi destino. Lope, Quevedo y el manco de Lepanto no se me piquen, curen de espanto con el canto de Alfredo Bryce Echenique». Mario Vargas Llosa impulsó su carrera y siempre se lo agradeció. Se casó tres veces. Y amó muchísimas más. Fue un reo de nocturnidad. Sabía lo que era que los ojos se claven en el techo como arañas metálicas y que los minutos se traguen como puñados de arena en la madrugada. Sus anécdotas mejoraban con los años. Si lo escuchabas, te enredaba fijo. Tenía ese encanto que jamás se aprende, con el que se nace. Parece mentira que haya muerto en marzo, el limeño que escribió No me esperen en abril.