«Proclama 'no a la guerra' mientras firma el envío de una fragata»

OPINIÓN

Alejandro Martínez Vélez | EUROPAPRESS

06 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Pedro Sánchez, caballo de Troya

Ayer tenía dos opciones: ver la película Troya por décima vez o contemplar cómo caían misiles de un lado al otro del golfo Pérsico. Así que calenté las palomitas y opté por cómo los aqueos —o micénicos, nombre colectivo que se daba a los griegos que lucharon en aquella guerra— se estrellaban una y otra vez contra la mítica ciudad de Troya.

Aquí, en clave doméstica, continúa la telenovela «Pedro se aferra al poder», proclamando a los cuatro vientos su no a la guerra mientras con la otra mano firma el envío de una fragata y desparrama millones en armas para Zelenski. Es defensa, dicen. Pero no se les ocurrió defender a los más de 30.000 ciudadanos iraníes asesinados por el régimen, ese sí, fascista y terrorista.

Mientras la opinión pública aplaude la «solidaridad española», los ayatolás sonríen ante la ingenuidad occidental: cada declaración grandilocuente, cada enfrentamiento entre socios y cada desaire al aliado es, en realidad, una grieta abierta en las murallas del continente, un acceso que permite a intereses lejanos penetrar sin disparar un solo proyectil.

La ironía ya es insultante: el héroe moderno se disfraza de pacifista mientras su política externa se convierte en logística bélica. El resultado es que Sánchez se ha convertido en el caballo de Troya moderno de las dictaduras, de las narcodictaduras y de las teocracias. Y como entonces, el caballo no es un regalo, sino una trampa envuelta en diplomacia, un monumento a la hipocresía que se pasea por los pasillos de Bruselas y Madrid.

La historia no solo se repite, se burla de nosotros con cada «acto de paz» que, en realidad lo que está haciendo es pavimentar el camino de quienes esperan pacientemente detrás de las murallas para destruirnos. Esas murallas que defienden nuestro modo de vida y nuestra cultura. Luis Asenjo Pérez. Vigo.

Subida de precios de combustible sin regulación legal

La reciente escalada bélica ha servido una vez más como excusa inmediata para que las compañías petrolíferas incrementen el precio de los combustibles en nuestras gasolineras. De un día para otro, los conductores nos encontramos con subidas cercanas a los 15 céntimos por litro, aplicadas con una rapidez que resulta difícil de justificar.

Lo más llamativo es que el combustible que hoy se vende en las estaciones de servicio no procede de compras realizadas ayer, sino de cargamentos adquiridos semanas antes, a precios anteriores al actual contexto internacional. Sin embargo, las subidas se aplican de forma casi automática. Esta práctica deja al descubierto un sistema profundamente desequilibrado en el que siempre pierde el ciudadano. Las petroleras reaccionan con una velocidad sorprendente para subir precios, pero con una lentitud exasperante para bajarlos.

No se trata solo de economía, sino también de ética. Miles de trabajadores, transportistas y familias dependen del coche para su vida diaria, especialmente en zonas rurales, y estas subidas repentinas suponen un golpe directo a su ya castigado presupuesto.

Igualmente preocupante es que la legislación permita que estas situaciones se produzcan con tanta facilidad. La sensación es que existe una enorme permisividad hacia un sector con gran poder, mientras los consumidores carecen de mecanismos reales de protección.

Sería deseable y necesario que nuestros políticos revisaran en el Congreso de los Diputados el sistema de fijación de precios y exigieran mayor transparencia y control. Manuel Martínez Avial.