Aquel anuncio, ahora descarrilado, de la compra millonaria de Warner por parte de Netflix generó grandes esperanzas entre los usuarios de a pie, que han visto cómo las cuotas mensuales de las plataformas de streaming, que costaban en sus comienzos poco más que un par de cafés, se han incrementado más de un 80 % en solo diez años. En el horizonte de aquella idea de fusión entre el servicio líder en el mundo y los estudios centenarios que conducen los destinos de HBO Max se asomaba la utópica idea de que sus catálogos heterogéneos confluyeran para que el cliente pudiera tener un dos por uno. Aquella utopía nunca estuvo en el orden del día de las compañías y ha quedado descartada ahora que quien pagará el cheque de Warner, con HBO a cuestas, será Paramount Skydance. Del monopolio de plataformas que nunca fue se ha pasado al consorcio de dos grandes estudios de cine, convertidos en conglomerados de medios, que acapararán gran parte de la taquilla. Prometen que, frente al culto al cine doméstico que predica Netflix, vienen a salvar las películas y la exhibición canónica en salas multiplicando los estrenos. Es pronto para confiar ciegamente en ese contexto. Las salas norteamericanas todavía recuerdan cómo la última gran fusión, la de Disney y 20th Century Fox en el 2019, no hizo sino menguar los títulos de la cartelera.