Siete borrascas con nombre propio, por riguroso orden alfabético, asolaron Galicia en poco más de un mes por tierra, mar y aire. Y continúan. Llegaron por el mar con su corte de vientos huracanados y con esa lluvia incesante que está grabada en nuestro ADN.
Llueve sobre mojado como si Tlaloc, el dios azteca de la lluvia, y Zeus, la versión griega de Noé, el del diluvio, se unieran para castigar al pueblo gallego con precipitaciones constantes en todas las estaciones del año.
Es como si las isobaras y el anticiclón de las Azores, la corriente del Golfo, el Niño y la Niña y todas las ciclogénesis explosivas enloquecieran de forma repentina y convirtieran al país de la lluvia en un territorio encharcado en el corazón de todos los inviernos.
«Llueve a Dios», gráfica expresión popular que anuncia en lenguaje campesino que «se abren as fontes» anticipando la inundación en los bordes de los ríos, en el pertinaz canto del agua de las riberas.
El argot metereológico es la nueva sibila del tiempo, que advierte de vientos y borrascas, galernas y lluvias.
Desde el torpe chubasco hasta la lluvia torrencial, en Galicia cuando llueve es de forma transversal, de frente y de perfil, de lado y por todos los lados. Y cuando el viento aúlla la tarde se convierte en temporal y los vientos marinos elaboran un festival de mar picada que se une al color plomo del cielo mientras los dioses lloran sobre la tierra. Cuando escampó y salió fugazmente el sol, la lluvia, siguiendo el microrrelato de Augusto Monterroso, seguía estando allí.
Nosotros los gallegos somos animales hídricos y si nuestro cuerpo está formado esencialmente por agua, también el agua es hegemónica por fuera, en el exterior.
Tenemos memoria del tiempo en que fuimos anfibios y como las ranas tenemos recuerdos de la membrana interdigital en los dedos de los pies.
A quienes me dicen que en Galicia siempre llueve, con frecuencia les contesto que es bastante menos que en Escocia, donde en las tierras altas cae el agua del cielo 250 días al año, frente a los 150 días en que la lluvia visita Compostela en su peregrinaje jacobeo, algo más que la media gallega.
Todavía, según la marmota Phil, protagonista de la película Atrapado en el tiempo, que el día de la Candelaria vio proyectada su sombra en el suelo, nos quedan seis semanas de invierno. Mes y medio de lluvias y de vientos, de tempestades salpicadas entre chubascos. Luego llegará, como siempre, la esperada primavera con sus brisas amables y el tímido sol del mediodía. Ya falta menos.