El silencio es invisibilidad

Mª Elena Steinger Doallo

OPINIÓN

Salvador Sas | EFE

08 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

María Belén fue asesinada el pasado domingo por el hombre que había sido su pareja sentimental: una víctima mortal más; un fracaso colectivo que genera dolor, impotencia y frustración. Era ajena al sistema institucional de protección y defensa de las víctimas o, lo que es lo mismo, se desconocía que fuese una de ellas.

Según cifras publicadas en el 2025 por la ONU, se estima que menos del 40 % de la población femenina mundial que sufre violencia de todo tipo a manos de varones, busca algún tipo de ayuda: las que deciden hacerlo, en su mayoría, recurren al auxilio de familiares y amistades. Menos del 10 % de las que solicitan ese apoyo decide acudir en primera instancia a las autoridades policiales.

En España, considerado país pionero en el abordaje legislativo de la criminalidad machista, la Macroencuesta de Violencia sobre la Mujer, presentada por el Ministerio de Igualdad en 2025, muestra que solamente un 17 % de las mujeres agredidas por hombres de su entorno vital y afectivo presentan una denuncia: el silencio es, en muchos casos, consecuencia de la persistencia de un vínculo afectivo con el autor; de la existencia de hijos; de la dependencia económica; del miedo a la posible reacción del denunciado o a la catalogación social como «víctima».

Resulta evidente que todo ello nos aboca a realizar una reflexión pública ineludible. El silencio de quien sufre este tipo de violencia se alza como un muro casi infranqueable para poder brindar ayuda y protección desde las instituciones: ¿cómo derribarlo, entonces? Dar una respuesta a esta pregunta es muy difícil.

Sabido es que el fenómeno de la violencia contra la mujer ha de ser abordado desde múltiples perspectivas y, desde mi punto de vista, adquiere una importancia sustancial el enfoque formativo: la conciencia de la identidad propia como mujeres; de nuestros derechos inalienables; de los límites que no pueden ser rebasados; de nuestra libertad personal, es el presupuesto básico e incontestable que nos ayudará a identificar los comportamientos violentos que no debemos tolerar.

Una vez que la mujer es consciente de la violencia que vive o ha vivido, subir el primer peldaño para solicitar ayuda puede resultar una tarea extremadamente costosa, pero la necesaria reconstrucción personal y la recuperación de la autoestima precisan, en la mayoría de los casos, de ayuda externa.

Los cauces para conseguirla existen. Afortunadamente, se está creando un entramado social (todavía insuficiente, eso sí), que ofrece vías para que cualquier mujer pueda verbalizar y comunicar lo que está sufriendo: líneas telefónicas confidenciales estatales o autonómicas; centros de información a la mujer; servicios sociales o sanitarios; asociaciones, fundaciones y otras entidades sociales… y, por supuesto, la denuncia ante las fuerzas y cuerpos de seguridad o ante los propios órganos judiciales y la fiscalía.

Pese a la sempiterna infrafinanciación de la Administración de Justicia, la voluntad decidida de quienes nos dedicamos a esta tarea suple, con esfuerzo personal y dedicación, las carencias materiales existentes.

El silencio es la invisibilidad, la perpetuación de la sumisión y de la dominación del agresor y puede llegar a ser un factor de riesgo letal: salir de ese círculo significará recobrar una vida digna.