Lo kitsch ha tomado el mundo. La vulgarización es lo máximo. Estoy de acuerdo con el libro de Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, en que un poco de color le viene bien al mundo. Pero el exceso de purpurina es malo. Lo terrible como dicen los autores es que el máximo exponente de lo kitsch, de lo vulgar, sea hoy el presidente de Estados Unidos: «Trump es la encarnación del kitsch en sí mismo: su pelo rubio teñido, sus torres de 30 pisos con nombres ostentosos, su esposa modelo y más joven... Tiene un discurso antielitista y habla en nombre del pueblo siendo él multimillonario». Un mundo solo de filósofos sesudos sería terrible, demasiado pensante, nos sugieren los autores. Pero tal vez nos estemos escorando de forma exagerada hacia el otro lado, hacia el brilli brilli. Los bajos de las ciudades, también en Galicia, primero fueron copados por las tiendas de los chinos. Después vino la moda de las casas de apuestas, en cada esquina. Ahora solo abren dos tipos de negocios: gimnasios para lucir cuerpo y locales de nails para hacerse las uñas de manos y pies. La apariencia como modo de vida. Los expertos coinciden en que el imperio de las pantallas, de las fotos y los vídeos en las redes, ha potenciado al cubo ese cuidado por la presencia física. Somos lo que aparentamos. De ahí viene la exacerbación de lo kitsch, una palabra que nació en Alemania a finales del siglo XIX, entre los años 1860 y 1870. Se utilizaba para designar en los mercados de arte de Múnich a los bocetos o dibujos de baja calidad que se vendían con facilidad. Enseguida, nombró también a muebles y objetos decorativos de bajo precio que daban el pego. Es curioso que ese término alemán del sur venga de kitschen que significa hacer una chapuza. Hoy, en el vértigo del siglo XXI, es todo lo contrario. Lo kitsch, lo vulgar, tuvo sus momentos de gloria. La contracultura asumió y extendió el concepto. Pero hace tiempo que lo que vivimos hoy no tiene nada que ver con la contracultura ni con la cultura de élite como Andy Warhol haciendo arte con botes de sopa. No. Lo kitsch va más allá y está en los museos. Puppy, el perro gigante de flores que custodia el museo Guggenheim, casi sale más en las fotografías que el propio y genial edificio del centro de arte vasco y que las estupendas exposiciones que alberga. El mundo se está convirtiendo en una extensión falsa de Las Vegas. Dubai es la cima. Lo copian todo. Han hecho como Las Vegas, con su Venecia de miniatura, y tienen hasta pistas de esquí en los centros comerciales. Al capitalismo de bajo coste le viene muy bien lo vulgar. El problema es cuando lo kitsch no es solo un momento de distracción o de cachondeo que todos necesitamos y se apropia del pensamiento, de las mentes, no solo de lo que muestran las caras. Es el triunfo del meme como discurso. Y llegamos a la política. Miren para el Congreso español. ¿Quién es el diputado de más éxito? El genio de la frase corta y efectista. El rey de los titulares de purpurina: Gabriel Rufián, sin duda. Un kitsch de libro, aunque vaya de republicano secesionista. Es el hoy en el que abrevamos. No es malo vivir solo en la superficie y hasta sienta bien no ser intensito. Pero estamos a un meme de ser cáscaras vacías con las uñas pintadas a lunares. Rufianes de escayola.