Debe medir dos metros. Es guapo. Tiene una voz preciosa. Un discurso sólido en el que reivindica que las personas rotas, con grietas, son por las que entra la luz. Le interesa contar historias al límite, de las que duelen, de las que te hacen pensar. Como dijo en la entrevista exclusiva que dimos en La Voz con el crítico José Luis Losa: toca la herida. Es un túzaro de Os Ancares, nominado a dos Óscar. No para de acaparar nominaciones y premios. Es el rey de Cannes, el festival por excelencia del cine de autor, con cuatro éxitos. Los galardones del cine europeo, los Feroz (ayer mismo), los Goya o los Bafta los gana o casi los gana. Su película Sirât es una obra maestra para algunos. Para otros, un desastre. Sus odiadores odian, por supuesto, también su cine. Hacen chistes malos: «Los guiones le salen gratis, jajajaja, porque apenas hablan en sus películas».
Sirât, disponible en Movistar Plus+
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Estoy convencido de que, según vaya logrando más éxitos, Oliver Laxe caerá peor. La sociedad es así de cruel. No les gusta ese Jesucristo gallego del cine hecho arte. Encima no se queda callado. Y dice verdades como puños que sientan fatal. Ha querido mimar a los jóvenes y enseguida le dieron la vuelta a sus palabras y lo han crucificado. Oliver Laxe dijo sobre la chavalada: «Los espectadores más jóvenes son ultrasensibles y se les estaba maltratando. Se les ha dado forraje, pan Bimbo y tienen el paladar acostumbrado al azúcar y a los procesados. Cuando les das un pan de centeno o con un cereal puro, pues el paladar no está preparado. Hay que trabajarlo únicamente porque la sensibilidad está ahí». Demasiado Netflix. Él quería provocar una reacción y lo que ha generado es confusión y mucha toxicidad. Oliver Laxe no está en las redes sociales precisamente por ser tóxicas. Ahora que todos los que creemos en el arte como rompiente, como necesaria sacudida, y que estamos felices con un chaval que nació en París, en el 82, que se crio en A Coruña, que estudió en Monelos y que ama Navia de Suarna, vemos cómo la legión de quienes lo ponen a parir se multiplica.
Sirât te puede gustar o no. A mí me encantó. Creo que tiene dos golpes supremos. Uno que se ve venir, pero que está admirablemente rodado, y otro que ni lo supones, que te hacen salir de la sala con el corazón alborotado, con la cabeza pensante, con la vida y con el alma sangrando en el filo. Necesitamos más cine como el que hace Oliver Laxe. Precisamos más Oliver Laxe. Estoy con él en que estamos anestesiados con las películas y las series sin fin que se hacen como fotocopias en muchas plataformas y que nos roban tiempo y no nos aportan nada. El arte o te conmueve y te hace parte y te parte o es mero entretenimiento, que viene de mentira. Oliver Laxe cae mal porque triunfa. Porque va a seguir triunfando. Porque es un tipo que lo tiene todo. Lo tachan de «intensito» de forma despectiva, claro. Pero dame la intensidad de Sirât. El cine distinto no es cine distante. Vivimos en un mundo de cínicos cítricos, donde lo fácil es insultar, no apreciar. Intensitos son ellos en su pesadez de pitufos gruñones. Mimemos la lámpara de genio que tiene Oliver en su cabeza de hombre tocado por un millón de dones.