Uno de los grandes mitos populares de los 80 y 90, difundido por la prensa y subrayado por el protagonista, concedía a Julio Iglesias el mérito de haberse acostado con 3.000 mujeres. Todas recordamos ese récord, el jolgorio con el que su autor lo celebraba y la fascinación que provocaban en la época este tipo de gestas. Pero ya entonces era procedente preguntarse qué estaría diciendo el mundo de una mujer que presumiese de una maratón semejante. El tiempo nos ha permitido despejar esta incógnita.
A finales del año pasado, una muchacha británica llamada Lily Phillips, actriz pornográfica y usuaria de la plataforma Onlyfans, convocó a cien hombres para mantener relaciones sexuales con todos ellos en el plazo de un día. Tras el suceso, hubo quien concluyó que su «alma estaba manchada», quien consideró a Phillips una «empresaria de éxito» y quien interpretó el episodio como una metáfora de la sexualidad y las costumbres contemporáneas, pero nadie de los muchos que reaccionaron advirtió algo de aquel jejejé con el que los atracones priápicos de Julio Iglesias eran jaleados.
No parece que las denuncias contra el intérprete de Soy un truhán, soy un señor hayan sorprendido a casi nadie. Ni siquiera a quienes lo defienden, que de una forma espantosa apelan a la vieja especie de que un sujeto de sus características no necesita violentar a nadie.
Esa vieja patente de corso del rico, del poderoso, del guapo, del hombre con el que tanto han jugado tantos durante tanto tiempo. Los relatos de las presuntas víctimas de Iglesias son terroríficos pero tienen algo bueno porque su denuncia es la prueba de que algunas cosas van a mejor y que a veces los grandes depredadores acaban peor que sus víctimas.