A mediados de los años ochenta, cuando yo vivía en Madrid, conocí a una joven periodista —es decir, de mi edad— que trabajaba en la producción del programa de las mañanas de Jesús Hermida. Recuerdo que un día me contó muy dolida que había tenido que recoger a Julio Iglesias, que estaba invitado al programa, y que nada más conocerla le dio un beso en la boca y le tocó el culo. Se sentía profundamente humillada.
Yo desde entonces y hasta hoy siempre supe que Julio Iglesias era un presunto cerdo, valga la lusa redundancia (y a la palabra le doy en contenido semántico que le dan mis amigas cuando lo aplican a un hombre). Pero eso, el cantante de Gwuendoline nunca lo ocultó. Recuerdo que se movía por el mundo con dos jóvenes mujeres —ojo, dos, no una— obviamente empleadas, con unas funciones que sabe Dios hasta que punto llegarían, una de cada brazo, en lo que ya era una declaración de intenciones. Para admiración, todo sea dicho, de muchos hombres —que sentían envidia— y no pocas mujeres —que sinceramente no sé lo que sentían—. Por eso a mí de lo de ahora lo que me sorprende es que alguien se sorprenda.
Julio Iglesias es una tautología, es la obviedad. Julio Iglesias nunca ha engañado a nadie. Se ha paseado por el mundo con ese gracejo golfo y frivolón que tanta simpatía despertaba entre el personal y cuyo reflejo está en las paredes de docenas de restaurantes de Galicia (hey, miña terra mae). También los archivos de las televisiones están llenos de situaciones incómodas (¡un piquito! que diría Rubiales).
Pero aquello no era solo una serie de agresiones sexuales; era una manera de ser, un reflejo de la sociedad y del éxito. Meterle mano a una mujer como quien se toma una caña o se fuma un pitillo. La mujer consumible. Y a mí me duele que sea ahora, con 82 años, que todo esto salga a la luz. Que pase lo mismo que con Jordi Pujol o Augusto Pinochet. Que vayamos a juzgar a un anciano que ya no puede ir a la cárcel. Que se vaya tarareando «lo mejor de tu vida me lo he llevado yo...».