Irán a las calles, por las tardes, por las noches, una y otra vez, y muchos no volverán vivos. Serán cadáveres metidos en bolsas o tirados en una cuneta. El régimen iraní no quiere contar sus crímenes. El mundo está disparatado. Circula una imagen de George Orwell, el autor que pensó el futuro vigilado por el Gran Hermano, que él situó en 1984, mirando una imagen de un libro que se titula 2026 y, al leerlo, Orwell tiene los ojos desorbitados y la cara de susto. No me extraña. Él, que vio venir todos los males, teme este año de fuego revuelto. Trump huele a petróleo, también en Irán. Pero ese país no es tan sencillo, no es una pieza más. Es uno de los vértices del triángulo que forma con la todopoderosa China y con Rusia. Estados Unidos siempre sufrió en Teherán (la crisis de las embajadas). Es el ángulo más débil del triángulo, pero resulta imposible pensar que China y Rusia miren para otro lado.
No será como resume Trump. Ha contado que, tras agitar las protestas y luego amenazar con «fuertes ataques», los ayatolás al mando le han llamado para llegar a un acuerdo. Es difícil que la población frene las revueltas. Se baraja la opción de un nuevo sha, el heredero de Reza Pahlevi, que no para de reivindicarse, pero la sucesión, en un país con casi cien millones de habitantes y con una Guardia Republicana que domina cada esquina de las calles, cada rincón de un armario, tiene pinta de momento de seguir pasando por un baño de sangre.
La escasa información que llega pone los pelos de punta. Cientos de cadáveres apilados en las puertas de la morgue. Cuerpos que han recibido directamente un tiro en la cabeza o en el corazón. Ejecuciones callejeras. Los ayatolás tienen difícil que el país vuelva a anestesiarse. No hay marcha atrás. Los jóvenes allí ven las series de televisión turcas, viajan a Azerbaiyán y saben cómo vivimos en Occidente. Ellos sufren bajo una represión que les ha prohibido hasta sonreír. Las mujeres no existen. Además, a pesar del petróleo, como pasó en Venezuela, tienen también sus estómagos vacíos. Están en la pobreza. Los pueblos que no comen dejan de ser dóciles. Les anulan la información. Les cortan internet. Solo conectan con el exterior a través de los satélites de Elon Musk, otra paradoja de este nuevo caos mundial, que nos va a costar entender. Musk, todo un personaje, es en Irán la ventana de libertad.
Hay que ir con cuidado. Veremos la conversación de Trump con Irán si termina en misiles o en una difícil salida negociada con Reza Pahlevi como carta de la baraja. O es posible que surja una generación más joven dentro de la Guardia Revolucionaria que vaya abriendo la mano. Pero, después de la captura de Maduro y su traslado al juicio televisado en directo, nada nos puede extrañar. Las pocas imágenes que llegan de Irán hablan de un territorio inmenso que está en el aire. La derrota que sufrieron frente a Israel con aquellos ataques que fueron abortados demostraron que el régimen no es tan fuerte como se creía. Y ¿Europa? Pues como siempre en fuera de juego. Empeñados en ser un viejo continente de viejos. Un continente cuyo contenido será igual a las ruinas de nuestra historia y a nuestras ruinas físicas. En Irán, tampoco tenemos nada que decir. En cambio, ¿cómo resumirá la Historia la figura de Trump dentro de 50 años?