Irán, un polvorín
El nefasto campeón mundial de la irresponsabilidad amenaza ahora con intervenir en Irán. Trata de promover iniciativas que frustren el régimen islámico que ya se prolonga desde 1979. Como si las sanciones que afectan al país, tanto o más que el régimen, no fuesen ya un modo de intervención. Las actuales protestas, de hecho, son consecuencia de la crisis nacional sobrevenida por tales sanciones occidentales y, sobre todo, por la nefasta gobernanza islámica, que a fin de contener el hartazgo y recurrentes protestas de los iraníes promueven de tanto en cuando algunos primeros ministros «moderados» y reformistas que iluminan esperanzas. Ahora, con más de quinientos muertos, las movilizaciones han salido de los campus para alcanzar incluso el área rural, dominio tradicional del régimen. ¿Supone esta extensión que las razones económicas y de vida están siendo desbordadas hacia la animadversión, o son más revueltas recurrentes, siempre sofocadas con represión y miedo? Se me antoja clave la actitud presente de las milicias periféricas kurdas y del Baluchistan iraní, tradicionalmente hostiles hacia Teherán. La suma de esfuerzos a las protestas, introduciría una componente real de inestabilidad difícil de soportar a un régimen en transición oscura en el que clérigos y militares litigan en el relevo del ayatolá Jomeini. El régimen del Sha acabó con protestas. El islámico lleva camino. Sin embargo, si en algo se puede estar casi seguro es que la transición ha de ser iraní. Sin intromisiones como la que ahora trata de promover Trump. Los jóvenes iraníes están hartos del régimen. Les cautiva el avance occidental en muchas parcelas. Pero son lo suficientemente orgullosos y nacionalistas como para que cierren filas contra los bocazas que tratan de imponerles conductas en lo que persiguen. Enrique López.
Mujer, vida, libertad
No fue un eslogan cómodo. Fue una declaración de guerra al miedo. En septiembre del 2022, la muerte bajo custodia de Mahsa Amini, detenida por llevar «mal puesto» el velo, prendió una revuelta sin precedentes en Irán. Lo que comenzó como una protesta contra la policía moral y la imposición del hiyab se transformó rápidamente en un desafío frontal a la República Islámica. Las mujeres iraníes dejaron claro que no pedían reformas: exigían libertad.
Desde entonces, en Teherán, Mashhad o Isfahán, mujeres anónimas siguen plantando cara a un régimen teocrático decidido a controlarlas por la fuerza. Lo hacen sin protección institucional, sin altavoces mediáticos y asumiendo un riesgo real: cárcel, tortura o muerte. Ese es el contexto. Todo lo demás es retórica.
Por eso resulta imposible ignorar el silencio atronador del feminismo institucional español. La ausencia de una condena clara por parte de Irene Montero y otras dirigentes ante la represión de estas protestas no es un olvido: es una toma de posición. Una que revela la distancia entre un feminismo convertido en aparato ideológico y las mujeres que luchan por derechos básicos allí donde cuestan la vida.
Ese silencio ya no pasa desapercibido. Cada vez más personas perciben la incoherencia entre los discursos inflamados pronunciados en casa y la prudencia calculada cuando la causa incomoda aliados o dogmas propios. No es neutralidad. Es complicidad pasiva. Esto no va de derechas o izquierdas. Va de una pregunta incómoda pero urgente: ¿Estamos del lado de las mujeres o del lado de las ideologías? Porque les aseguro que la libertad no admite silencios selectivos. JUan Lojo.
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