Circula masivamente por internet la referencia a estudios que afirman que el 70 % de los agraciados con premios cuantiosos en sorteos de lotería terminan arruinados en cinco años. Esa información tuvo su origen en un simposio de expertos organizado, en el año 2001, por el Fondo Nacional para la Educación Financiera, en Denver. Uno de los participantes mencionó ese dato estadístico que pasó a difundirse masivamente y replicarse en los medios de comunicación. Al parecer, esa información no es rigurosa y ese dato, muy difícil de conocer con precisión, probablemente sea exagerado. Lo que sí parece claro es que no es infrecuente que un número significativo de personas vivan en una situación de precariedad económica, incluso que acaben en la indigencia, al cabo de un tiempo de haber obtenido un premio elevado. ¿Cómo explicar que la fortuna sea la antesala de la ruina?
Con la lotería de Navidad casi todos somos ludópatas por un día (lo que quiere decir que no lo somos en el sentido patológico). El ludópata, aunque no lo sepa conscientemente, siempre juega para perder. Esto no es diferente con la lotería de Navidad, ya que solo cinco de cada cien personas obtendrán más dinero del que gastan y las probabilidades de que nos toque el gordo son de una entre cien mil.
El éxito de la lotería de Navidad se basa, además de en la tradición, en que «todo el mundo juega». Yo también lo hago. La mayoría de los seres humanos hacen depender su felicidad de salir airosos en la comparación con el vecino, con el semejante. Por eso uno de los argumentos principales que nos damos para comprar la lotería de la empresa, del bar que frecuentamos, o de la asociación a la que pertenecemos, se basa en lo intolerable que resultaría quedar de menos en nuestro propio entorno.
Pero vemos que, con bastante frecuencia, ganar lleva a perder. ¿Por qué sucede esto? En primer lugar porque lo que viene rápido puede irse rápido, ya que inconscientemente podemos considerar que el dinero fácil, no obtenido con tiempo y esfuerzo, puede estar mal adquirido. Este efecto marca más a los pobres que a los ricos, porque al rico el premio no le cambia la vida, ni la mentalidad. El pobre, que se ve repentinamente rico, puede dejarse llevar por la euforia y la impulsividad del gasto compulsivo, las malas inversiones, o la compra de propiedades que luego no puede mantener. Así, por el exceso, retorna a la pobreza. Cuando el dinero fácilmente ganado es dilapidado suele estar implicado un sentimiento inconsciente de culpabilidad ante la buena fortuna y la imposibilidad subjetiva de situarse en una mejor posición en la vida.
Desde esta perspectiva, casi parece una buena noticia la pérdida de valor económico del gordo, y de los demás premios de la lotería de Navidad, que tan bien analizó el periodista Juan Ventura Lado en estas páginas el viernes pasado. Tener un décimo premiado ya no convierte a nadie en millonario. Cada vez menos el gordo permite cambiar sustancialmente la vida. Lo más paradójico es que esto puede contribuir a salvar a algunas personas de la ruina.