Sus palabras ante la Audiencia Nacional dando pena de quien fue dios en la política catalana y en la española durante décadas no resultan muy creíbles, por mucho que sume 95 años de edad. «Muy en forma no estoy», sentenció por videoconferencia desde su domicilio. Me extrañó que no emplease esa fórmula tan de su época que hubiese significado lo mismo y lo definiría más, tras el uso de ese lenguaje en clave de madre superiora y misales: «No estoy muy católico». Después de los análisis médicos, la Justicia concluyó que, a pesar de sus enfermedades y deterioros, tiene una capacidad cognitiva moderada con la que puede entender lo que le está pasando. Lo que le lleva sucediendo desde hace años. ¿Recuerdan aquella carta en la que intentó justificar el dinero que le encontraron en Andorra como una herencia de su padre para la que no halló el momento de regularizarla con la Hacienda española? Pujol siempre fue un personaje muy hábil. Su físico de antes y de ahora obliga a compararle con el maestro Yoda de la saga de La guerra de las galaxias, alguien capaz de levitar sobre todo y todos. Lo verdaderamente importante es que, al fin, se juzgue al todopoderoso Jordi Pujol y a su familia por numerosos delitos de presunta corrupción. Lo triste y duro es que se haya tardado tanto en sentarles en el banquillo de los acusados. Este juicio llega con un retraso inmenso, tanto que casi no llega. Algo me dice que si los acusados somos usted que lee y yo que escribo, el tiempo en llevarnos al banquillo hubiese transcurrido a otra velocidad, mucho más rauda.
Estamos en jornadas de efemérides, medio siglo de la muerte de Francisco Franco. Por eso es muy necesario que la Audiencia Nacional no se haya echado atrás en juzgar a Jordi Pujol. El político conservador no se puede ir de rositas cuando hizo con el poder todo lo que quiso y más. La Audiencia Nacional encausa a Pujol, a sus hijos y a un buen número de colaboradores en una trama tan sinuosa que hace necesario que la sentencia sea tan justa como reparadora. Son estos supuestos desmanes los que deben ser condenados, para que los ciudadanos no tengamos la sensación de que la santa Transición no fue más que una amarga transacción económica, en la que se beneficiaron los de siempre.
Pujol, al que entrevisté en Santiago cuando era ese dios que mencioné, tenía una cabeza privilegiada. Además de conservador y jefazo de Convergencia i Unió, era un excelente conversador en sus días de flores y gloria. A Fraga lo humilló en el 92 cuando le arrebató la presidencia del llamado Comité de Regiones de Europa por 104 votos a 31, toda una victoria del caudillo catalán sobre el león de la Baviera gallega. A Pujol no le chistaba nadie. Y menos desde que, en 1996, fueron él y Arzalluz los que inventaron lo de mandar en España al permitir la primera investidura de Aznar, aquel que hablaba catalán en la intimidad. Pujol y Arzalluz hicieron con Aznar lo mismo que Puigdemont y Aitor Esteban con Sánchez, solo que ahora también se necesita a Junqueras, a Otegi y al Bloque... Venimos de ese país y tenemos derecho a saber cómo algunas figuras nos han tomado el pelo desde sus púlpitos de barro, antes de que sean ceniza.