Desde que todos andamos con el móvil a cuestas nos ha salido esa joroba millennial que nos pone boca abajo y hace que nos salga la chepa. Es raro andar por la calle y no ver a la gente —especialmente a los jóvenes— encorvada y ensimismada en la pantalla. Ya no miramos de frente, nos hemos hecho a esa bajada de cabeza que nos hace perdernos el horizonte, por eso nos tropezamos torpemente, cruzamos a lo loco o vamos hablando solos, porque los airpods nos aíslan del resto del mundo. La joroba millennial está deformando nuestras columnas y nos ha girado la manera de vernos, con ese cuello alargado hacia adelante, la barriga extensa y la curva en la espalda, en una rigidez postural que nos aleja de la expresión natural de nuestra especie. No es una broma. Si miro a los adolescentes de mi alrededor, están hechos una bola, enroscados en sí mismos, con la cabeza metida en el móvil. Desayunan con el móvil, comen con el móvil, se sientan en el sofá con el móvil, están con sus amigos en la calle mirando el móvil, cenan con el móvil, si ven algún programa de televisión (pocos) lo hacen con el teléfono en la mano para comentar lo más interesante por el grupo de WhatsApp, y se duermen con el móvil en la cama. No hay descanso en esta conexión permanente que nos ha evolucionado físicamente en esta joroba millennial que en las nuevas generaciones ya les asoma.