Universitarios que copian
OPINIÓN
Empezamos ahora con parciales y exámenes. Surgen los primeros problemas del curso. ¿Qué hacemos con los estudiantes que copian? Desde que se han generalizado los modelos de lenguaje y las inteligencias artificiales asistimos a un diluvio de trabajos escritos por máquinas. Sucede a mansalva cuando pedimos un trabajo de asignatura, pero también en los trabajos fin de grado, en los trabajos fin de máster y hasta en las tesis.
Copiar es algo execrable en la práctica académica universitaria, que tiene como uno de sus valores sagrados la originalidad. Decir algo nuevo es importante, y esa capacidad hay que atesorarla. Las revoluciones científicas que han construido un mundo que nadie podía soñar en el siglo XVIII nacieron de lo que nadie pensó. Lo original tiene el riesgo de equivocarse, pero es la única forma de llegar más allá de lo que aventura la imaginación, de ese unir los puntos de lo ya conocido. Por eso es tan valioso. Es raro que los epígonos, los seguidores, los que glosan las obras de otros, propicien las revoluciones que hacen saltar escalones al progreso humano. Las mejoras incrementales son necesarias, pero eso lo hace cualquiera con tranquilidad y tiempo. Los saltos cuánticos son otra cosa.
¿Qué hacer ante el fraude de originalidad? Parece fácil: aplicar el protocolo. Los plagios, fusilamientos y demás maneras de no hacer las cosas como se pedían suelen ser tan conspicuos como una mancha de tomate en un traje blanco. Para un profesional es fácil darse cuenta, y además cada vez son más habituales: si no salimos a un caso diario es porque hay profesores que se arrugan y prefieren no enfrentarse a este asunto.
Copiar es un problema social, porque una buena parte de la competitividad de un país reside en ser capaz de formar a personas originales. Nadie que dependa del pensamiento creativo quiere contratar a un loro que repita. Para eso se paga la suscripción prémium de una inteligencia artificial, que lo suele hacer mejor y es más barato. Lo que necesitamos en los trabajos del pensar es gente con ideas propias, surgidas de múltiples lecturas, reflexiones y experiencias. Es por ello que no podemos dejar pasar ciertas prácticas o se acabarán volviendo una costumbre. Hay que ponerse serios con este tema o inundaremos el mercado laboral de loros con diploma.
Es cierto que afrontar las malas prácticas no es fácil. No es cómodo enfrentarse a situaciones académicas desagradables. Hay estudiantes que, cuando les pillas, te discuten. Juran que lo han hecho ellos y que su redacción es original, y hasta aseguran, muy suficientes, que es imposible demostrar que no lo hayan hecho ellos. No se dan cuenta de que cuando te pasas la vida leyendo el trabajo ajeno detectas inmediatamente los detalles que delatan a las máquinas. Los pobres no saben que la generación que creció con los primeros ordenadores se las sabe todas, aunque sea más por viejos —como dice el refrán— que por diablos.
Algunos estudiantes se revuelven más de lo razonable y llegan a recurrir las evaluaciones. Fui decano de mi facultad durante nueve años y tuve unas cuantas de estas. A veces la cosa se desmadra y acaba aún más arriba, pero no es ningún secreto que las instancias más altas suelen ser lo suficientemente inteligentes como para no ser cómplices en un fraude y evitan enredarse en el juzgado con un compañero que saben que tiene toda la razón.